Preguntas

¿Qué es exactamente la metafísica? ¿Una disciplina filosófica1, un conocimiento reservado a unos pocos, una búsqueda de la verdad accesible a todos? Detrás de esta palabra, a menudo intimidante, se esconde una pregunta que nos concierne a todos: ¿hasta dónde puede llegar el pensamiento humano en su búsqueda de lo real? ¿Y si la metafísica fuera menos una doctrina que adoptar que un camino por descubrir?

Respuestas

El camino metafísico pone en juego el intelecto humano, llamado, en última instancia, a desvanecerse para permitir que el espíritu humano pase del pensamiento conceptual a la contemplación de las esencias y, más generalmente, de las realidades que los conceptos solo pueden sugerir2.

Por eso, el camino metafísico es universal. Sin embargo, cuando la metafísica se constituye en un sistema cerrado o dogmático, se aparta de su vocación última; se convierte entonces en un mero sistema filosófico conceptual, con la ventaja de poder comunicarse racionalmente, pero con el límite, intrínseco a la razón, de no poder acceder a lo suprarracional.

Por eso la poesía (Jean Biès), la paradoja (Bérard) o ciertos textos místicos (san Juan, san Dionisio Areopagita, Meister Eckhart…) pueden a veces abrir el acceso a lo suprarracional de manera más directa que una exposición estrictamente lógica.

Hay una razón para ello: la metafísica no es una construcción intelectual basada en una facultad del espíritu humano concedida solo a unos pocos. Se funda en una disposición universal del espíritu humano a recibir el sentido, los significados y, en última instancia, la significancia del ser (Platón, Borella). Se trata siempre de algo dado y recibido, y ello hace de cada ser humano un metafísico (Schopenhauer), aunque no sea consciente de ello.

La contrapartida de la universalidad de la disposición metafísica humana es la imposibilidad, para una metafísica formalmente constituida, de pretender expresar la verdad de manera universalmente adecuada. Ciertamente, algunos principios metafísicos pueden ser universales, pero ninguna formulación doctrinal particular puede pretender agotarlos. Sobre todo, la posible universalidad de un principio metafísico no implica ni la universalidad de la doctrina particular que lo formula ni la adecuación exhaustiva de dicha formulación a la realidad que designa.

La dificultad no consiste en reconocer la posibilidad de una intelección metafísica, sino en determinar qué autoridad puede concederse a las doctrinas que pretenden derivar de ella. Pues la autenticidad de un conocimiento suprarracional, aun suponiendo que esté demostrada, no garantiza ni la adecuación de su formulación conceptual ni, sobre todo, la posibilidad de verificar universalmente la validez de dicha formulación.

Por mi parte, aun reconociendo el genio de los grandes metafísicos y filósofos, desde los antiguos Platón y Aristóteles hasta los modernos Guénon, Schuon y Borella, sigo siendo reticente ante las construcciones doctrinales excesivamente sistemáticas. No porque desconozca su potencia intelectual, sino porque la vocación última de la metafísica me parece ser la de conducir al espíritu más allá de los conceptos que lo han guiado.

En efecto, la metafísica está llamada a desvanecerse cuando conduce al espíritu desde los conceptos hasta las realidades que estos designan o sugieren. Si la metafísica permanece encerrada en sus construcciones conceptuales, me parece vana y equivocada acerca de su propia naturaleza.

Ciertamente, la coherencia de sus formulaciones es indispensable para su aceptabilidad intelectual, pero no basta para garantizar su verdad. El paso a lo suprarracional constituye la culminación del camino metafísico y, simultáneamente, la autodisolución de su mediación conceptual.

El antidogmatismo metafísico no es antimetafisicismo. No excluye en absoluto las doctrinas, pero se niega a confundirlas con la verdad que tratan de expresar. En este sentido, la metafísica no puede constituirse en un sistema dogmático sin contradecirse a sí misma.

Es preciso señalar, además, que este paso no puede resultar únicamente de las facultades del intelecto humano. Requiere la gracia, que no se limita a añadir un conocimiento a los que el intelecto ya posee, sino que opera su transformación interior. Es lo que Jean Borella llama la «neumatización del intelecto»: el paso de un conocimiento todavía especulativo a un conocimiento efectivo, en el que el intelecto, vivificado por el Espíritu, participa en la realidad que hasta entonces solo concebía. La realización metafísica no es, por tanto, una conquista de la inteligencia, sino la culminación de una disposición a recibir aquello que la trasciende. Así, aunque la disposición metafísica es universal, su realización efectiva no es ni automática ni está garantizada por dicha disposición: sigue dependiendo de la gracia.

Así, la metafísica alcanza su plenitud cuando descubre que no era solamente un conocimiento que adquirir, sino una vía que recorrer, cuyo término es el desvanecimiento mismo de aquel que pretende conocer.

Se ha podido afirmar que la teología, sin la metafísica, sería nula. Si se trata de la metafísica intrínseca a toda teología, esto es evidente. Si se trata de una metafísica formalizada que sirviera de referencia para toda teología, conviene desconfiar de ella. Si la intuición de los principios metafísicos está abierta a todo ser humano, toda doctrina constituida sigue siendo una formulación de la verdad situada en una perspectiva determinada. Por eso, en el cristianismo, ninguna teología particular puede pretender ofrecer una formulación definitiva y exhaustiva del misterio divino.

Ciertos esoteristas son conocidos por su elitismo, a veces arrogante: los no iniciados son entonces llamados simples «hombres de la calle». Pero algunos metafísicos tampoco escapan a esta tendencia cuando construyen sistemas formales presentados como universales.

Si la teología no puede prescindir de una inteligencia metafísica, la metafísica, recíprocamente, tampoco puede pretender sustituir a la Revelación. La intuición de los principios universales no confiere a ninguna formulación doctrinal particular el derecho de erigirse en medida absoluta de toda verdad revelada.

En conclusión, podría decirse que la metafísica es universal por la disposición del espíritu humano que la hace posible, necesariamente limitada en sus formulaciones doctrinales y llamada a desvanecerse en la realización, por la gracia, de aquello que solo puede designar.

Notas

  1. Sobre la enseñanza universitaria de la metafísica, véase «Encuentro con Bruno Bérard: ¿Qué es la metafísica?«.[↩]
  2. Véase «Razón e inteligencia, las dos caras de la mente«.[↩]