El enfoque esotérico está muy difundido y parece haber existido siempre bajo diferentes formas, desde las eras protohistóricas —como pueden atestiguarlo, por ejemplo, los restos de megalitos— hasta el New Age y los gnosticismos filosóficos o científicos contemporáneos. Tan solo en los últimos 2.500 años pueden contabilizarse varios centenares. He aquí algunos ejemplos: el orfismo y el pitagorismo de la Antigüedad precristiana; los Hermetica (el hermetismo alejandrino con el legendario Hermes Trismegisto); el neopitagorismo; la «gnosis» (Clemente de Alejandría, 160-215; Orígenes, 185-254) y los gnosticismos; la corriente maniquea (siglo III), que reaparecerá en el bogomilismo búlgaro (siglo X) y luego en el catarismo (siglo XII); el neoplatonismo seguido por la tradición dionisiana; el Sepher Yetsirah de los siglos V o VI, que prefigura la Cábala medieval; la alquimia visionaria y espiritual (siglos IV a VII); y los tres grandes escritos del siglo IX: El Libro de los Secretos de la Creación (c. 825), con una primera versión de la Tabla de Esmeralda; el Periphiseon (c. 865) de Juan Escoto; y las Epístolas árabes (siglos IX-X) de los Hermanos de la Pureza…

Podría detenerse uno en este siglo X, pero conviene saber que habrá todavía muchos más esoterismos hasta nuestros días. Mencionemos al menos a san Buenaventura (1221-1274), con su «coincidencia de los opuestos», que anuncia la de Nicolás de Cusa (1401-1464), quien, con la idea de la unidad fundamental de las religiones (De pace fidei, 1453), anuncia a su vez el hermetismo del Renacimiento y, de manera incidental, el perenialismo del siglo XX. Este último, por su crítica del mundo moderno y sus doctrinas de convergencia de las religiones, habrá favorecido el New Age contemporáneo, aunque, por supuesto, un abismo les separa.

Siguiendo a especialistas del esoterismo como Antoine Faivre (1934-2021), puede sorprender encontrar en este vasto ámbito, junto a la masonería, por ejemplo —que apareció en el siglo XVI en Escocia—, o a antiguos tratados de magia hermética, a Padres de la Iglesia (Clemente de Alejandría, Orígenes) o Doctores de la Iglesia (san Buenaventura), es decir, tanto ocultismos o herejías cristianas como teologías aprobadas por la Iglesia. La razón de ello es, creemos, la constricción laicista y anticlerical de la universidad francesa1.

La estricta etimología de «esotérico» resulta aquí esclarecedora. En efecto, el adjetivo griego esôterikos proporciona por sí mismo tres indicaciones. Esô significa «en el interior», con una idea de movimiento: «hacia el interior»; ter (de teros) indica una comparación: «más hacia el interior (que)»; y la terminación -ikos precisa el matiz de especificidad: «lo que tiene la particularidad de ir más hacia el interior (que)».

El término implica, por tanto, tres aspectos fundamentales:

  • la noción de «interior» o de profundización, que se encuentra además en su equivalente árabe bâtin (también «caverna», «matriz»);
  • la noción de movimiento permanente hacia un interior siempre más profundo, que refuta todo esoterismo «instalado», fijo o definitivo;
  • y la noción de comparación: la oposición relativa entre «esoterismo» y «exoterismo». Oposición relativa: no hay esoterismo sin exoterismo, sin apoyo en una tradición, ni tampoco exoterismo absoluto, del mismo modo que no hay esoterismo absoluto, puro, despojado de toda forma y liberado de toda revelación (tal como lo habría deseado, por ejemplo, Hegel).

Conviene insistir en la diferencia entre el adjetivo inmemorial «esotérico»2 y el sustantivo reciente «esoterismo»3, mediante el cual se pierden las nociones de relatividad y de movimiento, dando lugar, por ejemplo en Guénon, al concepto de un esoterismo institucional, supuestamente propio de las religiones, pero, como mínimo, inaplicable al cristianismo4.

Lo que nos interesa aquí es la definición de lo que es de naturaleza esotérica en relación con la metafísica. Enfrentarse a lo esotérico es encontrarse con un velo, darse cuenta íntimamente de que hay un velamiento y querer saber qué hay detrás del velo. De ahí los dos grandes escollos del esoterismo: creerse superior por haber descubierto el velo, y estudiar el velo en lugar de acceder a lo que el velo oculta.

Este sentimiento de superioridad se lee con frecuencia en los grupos esotéricos constituidos —masonería, teosofía, antroposofía (sin llamar a cuentas a todos los esoteristas u ocultistas del siglo XIX)—, donde se habla con condescendencia del «hombre de la calle». Ahora bien, en el cristianismo en particular, se convendrá en que Dios vino a salvar a todos los hombres (1 Tim II, 4), aun cuando fueran bestias que comen heno5.

En cuanto a ese estudio del velo o del dedo en lugar de la luna, se lo encuentra con frecuencia en libros de esoterismo que parecen girar en círculos, de símbolos en símbolos, de analogías en analogías, de correspondencias en correspondencias. Debe criticarse aquí esa búsqueda frecuente de correspondencias «a cualquier precio», que no hace sino exhibir una erudición inútil en relación con el velo únicamente. Se está entonces en la trampa de la racionalización bajo el dominio de la lógica y en la prisión de la razón. Es la misma trampa que se descubre a propósito de las llamadas pruebas de la existencia de Dios. Quienes se prestan a este ejercicio parecen querer a toda costa combinar su visión o su fe con su razón. Ciertamente, Dios es causa tanto de la revelación como de la razón, pero reducir una a la otra implica inevitablemente eliminar lo que supera la razón; es no captar la distinción esencial entre intuición intelectual y razón discursiva6.

La metafísica, por el contrario, es un desvelamiento. Propone las formulaciones más claras de las realidades últimas; después de ellas no hay interpretación ulterior posible. Desde luego, como última interpretación posible, todo discurso esotérico debe, pues, abolirse en formulación metafísica; de lo contrario, no habrá superado el velo que lo interpeló. Se pasa entonces de lo concebible a lo inteligible, es decir, de las producciones propias de la razón discursiva a la recepción de los inteligibles por el intelecto.

Con todo, la metafísica no es el final del viaje. Conviene recordar aquí la estructura de lo sagrado. Ya hoy, pese al modernismo actual, la distinción entre lo sagrado y lo profano sigue siendo bien visible. Todo el mundo percibe todavía la diferencia entre el Arco del Triunfo y la catedral de Notre-Dame. Una vez dentro de lo sagrado, se encuentran diferentes tipos de interpretaciones, desde las más exotéricas hasta las más esotéricas —que solo lo son unas respecto de otras—, coronadas por las formulaciones metafísicas últimas. Estas se leen tanto en san Dionisio Areopagita o en Maestro Eckhart como en santo Tomás de Aquino. Sin embargo, más allá de esta interpretación metafísica —o mejor dicho, frente a cualquier interpretación, sea la que sea— se encuentra el Revelatum, inaccesible salvo por esa gnosis de la que habla san Pablo (Ef III, 18; 1 Cor I, 21-25; 1 Cor XIII, 12) o la «verdadera gnosis» de la que habla san Ireneo de Lyon (Adversus Hæreses).

Se perfila aquí la trampa de una metafísica que se situaría independientemente de un Revelatum, «desde fuera». Ese «fuera» sería, de hecho, un «por encima», una posición dominante; sería tomar prestado el ojo de Dios, o creer hacerlo. La gravedad de este error reside en la ilusión en la que encierra a quien lo comete; en particular, la de creer que el concepto de gnosis equivale a una gnosis efectiva, cuando el concepto de agua no quita la sed, ni el concepto de fuego quema.

En lenguaje cristiano, la gnosis es esa teología mística enseñada por san Dionisio Areopagita: un modo no modal de comunión con el misterio. Tal superación de todo conocimiento especulativo que constituye una participación, por la gracia, en el Conocimiento que Dios tiene de Sí mismo. Se abandona el velo simbólico por la desnudez mística. Aquí, la propia metafísica se auto-abolye. Al igual que un conocimiento esotérico, un conocimiento metafísico no es permanente; ambos constituyen, sin duda, un verdadero camino —entre otros posibles7—, pero conviene recordarlo: un camino nunca es el término del camino.

Se abandona aquí, aun cuando sea por un despertar de orden especulativo, toda inteligencia para pasar a un orden operativo, salvífico, podría decirse, pero que solo la gracia puede otorgar. Lejos de la ilusión teúrgica o de la manipulación de fuerzas espirituales (como se ha podido leer), es el Espíritu quien sopla donde quiere (Jn III, 8); se hablará entonces de pneumatización del intelecto, reservada, por la gracia, a las «inteligencias que saben cerrar los ojos»8 ante lo que, de todos modos, está «por encima de los ojos»9.

Pueden distinguirse así dos tiempos en una vía espiritual de gnosis: superación de todo esoterismo y de toda metafísica. El primer tiempo, propio del ser humano, es el del desapego y la renuncia; el segundo pertenece a la gracia de Dios. En lenguaje metafísico se ha hablado de «centrado en la horizontalidad de la amplitud» y luego de «exaltación por la vertical hacia ese centro»10. En lenguaje cristiano, se dirá que conviene «hacerse Virgen para engendrar a Cristo» (Maestro Eckhart) por la operación del Espíritu Santo, y todo lo demás se dará por añadidura (Mt VI, 33).11

Notas

  1. No obstante, acoge una cátedra de «Historia de las corrientes esotéricas en la Europa moderna y contemporánea», la del prof. Jean-Pierre Brach.[]
  2. Inmemorial en su significación, aunque el vocablo data solo del siglo II, en Luciano de Samosata (c. 120-c. 180), como contrapartida de su antónimo «exotérico», que le precedió y que se encuentra en Aristóteles (384-322) para designar la enseñanza abierta a todos.[]
  3. Aparece en alemán en 1813 en Hans Schulz, Otto Basler: Deutsches Fremdwörterbuch, 2.ª ed., vol. 5, Berlín, 2004, pp. 245-248, y en francés en 1828 en Jacques Matter, Histoire critique du gnosticisme, París: Levrault, 1828, pp. 83 y 489.[]
  4. El cristianismo puede calificarse de esoterismo integral, en el sentido de que los misterios más profundos se ofrecen a todos, o incluso de exoterismo integral, en el sentido de que todos los misterios se ofrecen a todos. Esta distinción esoterismo-exoterismo tiene poco sentido para caracterizar una partición inexistente en el seno de la Iglesia.[]
  5. Véase «¿Hay que ser inteligente para salvarse?».[]
  6. Véase «La razón y la inteligencia, las dos caras del espíritu».[]
  7. Sin entrar en detalles, se conocen, en el yoga, las vías de la acción, del amor o del conocimiento, o, en Occidente, las vías del héroe, del sabio y del santo, aunque se muestre que se recubren.[]
  8. Dionisio Areopagita, Teología mística, 997 A y B.[]
  9. Malebranche, De la recherche de la vérité, II, II, 3.[]
  10. René Guénon, en referencia al esoterismo islámico.[]
  11. Véase el análisis de estos dos tiempos en las siete tradiciones: cristianismo, budismos mahāyāna y hīnayāna, hinduismo, islam, judaísmo y taoísmo: «La curación en dos tiempos».[]