Introducción. Sobre la enseñanza de la metafísica

Si se puede hablar de metafísica desde múltiples puntos de vista, es porque la metafísica casi nunca se enseña como una disciplina autónoma en sentido institucional estricto.

Así, casi nunca constituye un “departamento”, a diferencia de la historia, la sociología o la economía.

Fuera de un currículo explícitamente denominado “Metafísica”, aparece de manera difusa, más bien transversal, y se enseña a través de otras materias, o incluso permanece simplemente implícita.

No obstante, pueden identificarse algunos grandes ámbitos institucionales en los que se enseña: la historia de la filosofía, la ontología, la filosofía de la ciencia, la epistemología, así como ciertos seminarios especializados.

La historia de la filosofía es el lugar principal y más clásico. La metafísica aparece allí a través de los grandes autores de la Antigüedad (Platón, Aristóteles), los medievales (Tomás de Aquino, Duns Escoto, Maestro Eckhart), los “grupos” Descartes, Spinoza y Leibniz, luego Kant y Hegel, y en ocasiones Heidegger. Aquí se estudian sobre todo sistemas metafísicos, pero rara vez la metafísica como tal. La profundidad conceptual que puede encontrarse suele verse neutralizada por su historicización, por la relativización inevitable de las yuxtaposiciones.

La ontología, desde Heidegger, parece haberse convertido en un eufemismo aceptable (!). En ella se encuentra metafísica, típicamente, en cursos de ontología general, ontología formal u ontología de propiedades, relaciones, acontecimientos… La metafísica es especialmente frecuente en la filosofía analítica o en diálogo con la lógica y la filosofía del lenguaje. Allí, la metafísica se trata como teoría de lo que es. La ventaja del gran rigor asociado a una formalización muy desarrollada favorece, sin embargo, la pérdida de las dimensiones existencial o principial de la metafísica. Para un ámbito meontológico (o supraontológico), cabe añadir que resulta paradójico ver la metafísica tratada dentro de la ontología.

La filosofía de la ciencia es otro ámbito importante de la metafísica, con nociones como realismo/antirrealismo, leyes de la naturaleza, causalidad, así como tiempo, espacio, emergencia, conciencia. Aquí la metafísica se convierte en una “filosofía segunda”; frente a la ventaja de su anclaje en el saber positivo (explicitar lo que las ciencias presuponen), se opone su subordinación a las ciencias y la pérdida de su estatuto de filosofía primera.

La epistemología aborda la metafísica a través de sus condiciones de posibilidad. Se tratan allí el estatuto de lo real, la relación sujeto/objeto, los presupuestos ontológicos del conocimiento… Allí, la persistencia de la influencia kantiana o poskantiana, bajo la apariencia de una lucidez crítica, reduce de hecho la perspectiva metafísica por debajo de su apertura intrínseca a lo suprarracional1.

Algunos seminarios especializados (máster o doctorado) permiten que la metafísica “real” sobreviva. Se encuentran seminarios centrados en un autor (Aristóteles, Spinoza, Leibniz, Heidegger), seminarios temáticos (tiempo, ser, posible, mundo, causalidad) y grupos de investigación. Aquí la enseñanza dispone de una verdadera libertad, pero puede lamentarse su gran precariedad institucional.

También pueden señalarse algunas diferencias notables entre tradiciones universitarias: continental (Francia, Alemania, Italia) y analítica (Reino Unido, Estados Unidos).

En la tradición continental, la metafísica está, en la mayoría de los casos, historicizada. La fuerte presencia de Kant, Hegel y Heidegger mantiene una sospecha persistente hacia la llamada metafísica dogmática 2.

En la tradición analítica, la metafísica ha vuelto a ser central desde la década de 1970, con temas como los mundos posibles, la identidad, las propiedades, el tiempo… pero su fuerte formalización lógica la desconecta de las cuestiones del Principio, del sentido último o del Absoluto. Consideramos esta formalización como una reducción del pensamiento a las palabras o conceptos disponibles. Lo inteligible excede lo concebible; la noesis supera la dianoia, como ya mostraba Platón. Si en las ciencias positivas se busca con razón la equivalencia más estricta entre definiendum y definiens, esto resulta, en última instancia, imposible, por definición, en metafísica.

Se puede concluir este estado de la cuestión diciendo que muchos filósofos “hacen” metafísica mientras afirman no hacerla. Todo hombre es metafísico, dice Schopenhauer; se comprende así por qué la metafísica siempre regresa, incluso cuando se anuncia su fin.

Así, en ausencia de una disciplina universitaria autónoma denominada “metafísica”, esta suele enseñarse sin ser reconocida como tal. Es una lástima.

¿Qué despertó su interés por la metafísica?

Esencialmente la curiosidad por lo que se encuentra más allá del mundo físico o antes de la naturaleza. Son preguntas como «¿qué había antes?» o «¿por qué hay algo en lugar de nada?» (Leibniz) las que me intrigaron. Al menos existen palabras para designar lo que está más allá de la física, esto es, la metafísica, o más allá de la naturaleza, esto es, lo sobrenatural.

Permitirse estudiar lo invisible es propio de muchas ciencias. Es el caso, por supuesto, del electromagnetismo o de la física cuántica. Pero se permanece entonces dentro del encadenamiento de causas segundas. Estas “dan vueltas en círculo”, como el ciclo del agua. Incluso si el encadenamiento es más complejo —por ejemplo, el calor procede de la combustión, que requiere el oxígeno producido por las plantas gracias a la fotosíntesis debida al sol y a la clorofila, etc.—.

Sin embargo, hay indicios que conducen a lo metafísico.

Primer indicio. Este encadenamiento de causas segundas debe conducir a una causa primera que sea causa de sí misma; es el griego anankè stênai: «es necesario detenerse» (por ejemplo en Aristóteles, Metafísica, II, 994b; XII, 1070a). La conclusión es que «si nada es primero, absolutamente nada es causa» (Metafísica I, 2), y entonces toda ciencia —que es conocimiento por las causas— es imposible. Este es el indicio “científico” de un “antecedente superior” a las cosas físicas.

Segundo indicio. Platón descubre el indicio “filosófico”. El sentido no puede ser generado por el hombre; no se puede forzar a comprender lo que no se comprende, dirá Simone Weil. El sentido se recibe desde arriba, desde el mundo de las Ideas en Platón. Para comprender bien a Platón, basta distinguir la razón, que calcula y razona dentro de los límites de la lógica, y la inteligencia, que recibe el sentido “desde arriba”. Una cosa es razonar (la razón, dianoia), y otra comprender el razonamiento (la inteligencia, noesis)3. Esta recepción del sentido por la inteligencia es común a todo hombre. Es una “revelación” en sí misma.

Tercer indicio. Desde que nuestras sociedades han desvinculado la socialidad y la sacralidad, el homo religiosus aparece menos claramente (al menos en Francia). No obstante, las religiones de la tierra, estas “revelaciones”, o las llamadas “sabidurías”, parecen constituir un tercer indicio que responde o hace eco a los dos primeros. Estas revelaciones son metafísicas en varios sentidos, especialmente por su contenido. Por dar un solo ejemplo, la metafísica de la relación en la teología cristiana constituye un complemento decisivo de la inmemorial metafísica del ser y de los problemas insolubles que ha planteado.

¿Cuáles son los autores que han ejercido sobre usted una influencia duradera?

Seremos breves citando los principales: Aristóteles y Platón, los formuladores inaugurales de los dos primeros indicios, con aportaciones de Descartes y Leibniz. Después vienen los representantes del tercer indicio, pero la lista tradicional sería demasiado larga; mencionemos, pues, a los más radicalmente metafísicos: Dionisio Areopagita y Maestro Eckhart. Entre los metafísicos contemporáneos, si hubiera que mencionar solo a uno, citemos a Jean Borella, imprescindible, aunque ciertamente más conocido fuera de Francia4.

¿Qué problemas metafísicos le interesan profundamente?

Con una distancia metafísica tomada respecto de la metafísica misma, no son tanto los problemas metafísicos los que me han interesado —como la individuación, el tiempo o la conciencia—, sino desarrollar un punto de vista metafísico sobre la metafísica.

Para decirlo con franqueza, no he visto problemas, ni mucho menos la importancia que podrían tener. Admito de buen grado, a la vista de los grandes espíritus que se han ocupado de tantos problemas metafísicos, que esta posición puede parecer ingenua. Sin embargo, una vez reunidos los tres indicios, una vez completada la metafísica del ser con una metafísica de la relación —resolviendo bastante fácilmente (creemos) las paradojas de lo uno y lo múltiple, de la trascendencia y la inmanencia— y una vez situado uno en el plano de la inteligencia (en el sentido de noesis) o de lo suprarracional y de la superación de las paradojas5 más que en una reducción racionalista de lo real, se está más bien en un modo de presentación de conjuntos o de “instantáneas” más sugestivas que estrictamente coherentes (en el sentido de una lógica puramente racional).

¿Qué le llevó a escribir este libro?

El deseo de compartir un punto de vista sobre la metafísica de la manera más sencilla posible con el mayor número de personas. De ahí la idea de comparar la metafísica con otras ciencias, con la religión, la mística, el esoterismo; de distinguir creer, saber y conocer; de examinar lo que son metafísicamente la materia, la muerte, el sexo6; de presentar algunos grandes metafísicos y, en particular, dado que la objetividad total es imposible, de incluir un testimonio biográfico personal para situar el punto de vista necesariamente subjetivo de toda comunicación.

¿Qué intenta mostrar en este libro?

Que cada uno de nosotros es un metafísico que más o menos lo ignora; que la metafísica ofrece el punto de vista más radical que puede adoptarse; que el pensamiento es más amplio que las palabras; que la inteligencia y lo inteligible superan los límites de la simple razón —tan querida por Kant— y que esta corre a menudo el riesgo de convertirse en un encierro, una “raciocinación”, diría Sartre, es decir, una actividad de la razón que gira en vacío, un pensamiento abstracto que se protege de lo real, un discurso lógico que sirve para evitar el compromiso existencial.

¿Encontró dificultades particulares? ¿Qué balance hace de este trabajo de escritura?

Ya había intentado presentar la metafísica de forma ilustrada, con la interpretación metafísica de tres sueños7 y, con Jean Borella, la interpretación de cuentos de hadas8. Con este tercer intento de “metafísica para todos”, el balance es simple: dirigirse al gran público con un libro de metafísica es una empresa aún más difícil de lo que pensaba. Al menos, la metafísica ha salido de la universidad, donde, como hemos visto, solo está parcialmente presente.

Queda todavía trabajo por hacer, para todos nosotros; ¡y eso es algo bueno!

Notas

  1. Véase « Filosofía y ciencia, apertura y cierre del concepto ».[]
  2. Véase el artículo « La metafísica como antidogmática y como no-sistema »; en Bruno Bérard (dir.), ¿Qué es la metafísica?, L’Harmattan, 2010, 190 p. Podría devolverse a Kant su “sueño crítico” (Borella), cuando limita la razón mediante… la razón.[]
  3. Véase el artículo « La razón y la inteligencia, las dos caras del espíritu ».[]
  4. Cf. Bruno Bérard, Jean Borella, la revolución metafísica, L’Harmattan, 2006, 373 p.; Bruno Bérard y Paul Ducay (dirs.), Jean Borella para todos, L’Harmattan, 2025, 246 p.; Thomas Zimmermann, La metafísica del símbolo en la obra de Jean Borella, L’Harmattan, 2005, 244 p.[]
  5. Cf. Bruno Bérard, Metafísica de la paradoja, L’Harmattan, 2019, vol. 1; vol. 2. Véase el artículo « Paradojas de la razón, paradojas de la inteligencia ».[]
  6. Cf. Bruno Bérard, Metafísica del sexo, L’Harmattan, 2022, 252 p.[]
  7. Bruno Bérard, Iniciación a la metafísica. Los tres sueños, L’Harmattan, 2009, 148 p.[]
  8. Bruno Bérard y Jean Borella, Metafísica de los cuentos de hadas, L’Harmattan, 2011, 184 p.[]