Laurent Cournarie, catedrático de Filosofía, es autor de varios libros sobre la sensibilidad (Ellipses, 1998), la existencia (A. Colin, 2001), la imaginación (A. Colin, 2006), Le principe, une histoire philosophique («El principio, una historia metafísica») (Vrin. 2021) y numerosos artículos de filosofía general, epistemología, estética, historia de la filosofía antigua y moderna o sobre los retos sociales de la EIA.
Sería sin duda una excelente noticia saber que la metafísica no ha muerto. Pero cabe dudar tanto de sus renacimientos anunciados como de sus muertes repetidas hasta el cansancio. Esta duda puede constituir el punto de vista, bastante “deflacionista”, que personalmente adoptamos respecto de la metafísica.
Ser metafísico, hacer metafísica
Lo poco que hemos publicado sobre metafísica —tanto Le principe (El principio)1 como el artículo «Prolégomènes sur la métaphysique» (Prolegómenos sobre la metafísica)2— ha sido siempre, de hecho, un escrito de circunstancia, con motivo de un programa de filosofía3. Por ello, los análisis de estos textos no presentan el compromiso teórico que cabría esperar de un filósofo que se ocupa de la metafísica. Por prudencia, modestia o impotencia, siempre hemos juzgado nuestro trabajo intelectual indigno de un auténtico filósofo. Pero ¿puede uno ser metafísico sin ser filósofo? ¿Y puede “hacer metafísica” sin ser metafísico? Habría que comenzar por saber qué significa “ser metafísico” y si esta es realmente la mejor manera de hacer metafísica. René Descartes, que conocía bien la metafísica, pensaba que es vano dedicarle más que unas pocas horas en toda una vida, a diferencia de las matemáticas y, sobre todo, del uso de la vida. De ahí nuestra reserva a la hora de pretender determinar con precisión nuestra concepción de la metafísica.
Enseñar filosóficamente de modo metafísico
Sin embargo, cierta manera de enseñar la filosofía puede adoptar un aire metafísico, por método y por convicción, que, a la reflexión, fue sin duda la nuestra. El método consiste en radicalizar el cuestionamiento, procurando presuponer lo menos posible, no multiplicar innecesariamente los conceptos y, en lo que respecta específicamente a la metafísica, no contentarse con una simple historia de la metafísica que termina siempre con un certificado de defunción.
Esta búsqueda de “paisajes desérticos” (Quine) se convierte en una disposición metafísica cuando se apoya en una convicción: que nada, en filosofía, vale más que la metafísica, o aquello que puede aproximársele. La metafísica es a la filosofía lo que la poesía es a la prosa, o las matemáticas a la física misma: el cumplimiento de su aspiración bajo la forma más teórica.
Por eso, demasiadas publicaciones filosóficas actuales, que han roto manifiestamente con la memoria de todo pasado metafísico, parecen tan arbitrarias o desesperadamente verbosas. Se reprochó a la metafísica ser un discurso sobre la nada o encadenar enunciados insignificantes. La situación se ha invertido: la filosofía privada de metafísica, sin carecer de sentido, está con demasiada frecuencia vacía de filosofía.
Pero no basta con plantear cuestiones metafísicas, o con tratar metafísicamente objetos abstractos e inusuales, para construir una metafísica, que sin embargo sería el proyecto verdaderamente significativo en filosofía.
El privilegio de lo “meta”
Por ello, el renovado entusiasmo afirmativo por la metafísica puede tener algo de sospechoso. Algunos pueden darle una lectura “política”: expresaría un retorno al orden conceptual y, de hecho, serviría como arma contra la Modernidad, considerada culpable de todos los males. Durante mucho tiempo, incluso en el ámbito universitario, se decía que la metafísica, unida a la moral, era de derechas, mientras que la epistemología, asociada a la política, era más bien de izquierdas. La metafísica fue dogmática: preservarla sería conservador, restaurarla reaccionario.
Tal acusación es evidentemente ridícula, pues no se enfrenta a los problemas fundamentales que la metafísica plantea sobre “lo que hay”. Nuestras reservas son más bien de naturaleza “epistémica”, ya que nuestro espíritu, quizá todavía bajo la influencia de Kant, siempre intimidado por el argumentario trascendental y el prejuicio “correlacionista”, no se atreve a optar por un realismo franco.
En efecto, la metafísica, aun si no es “ciencia primera”, seguirá usurpando ese nombre. Ahora bien, la metafísica no es y no puede ser una ciencia. O, entonces, habría que redefinir el concepto de ciencia “más allá” de su modelo “nomológico”. Pero esta es ya, formulada en términos modernos, la interrogación que inspira la decisión aristotélica: si hay ciencias regionales del ente, debe haber una ciencia primera del ente en cuanto ente.
Por ello, los renacimientos de la metafísica pueden dar la impresión de abusar de la indeterminación abierta por su prefijo. Todo lo que es “meta-”, falsamente interpretado como “trans-”, y susceptible de presentarse como figura de superación, cualquiera que sea su ámbito, será (o sería) llamado “metafísico”. Este regreso en fuerza de la metafísica es, en suma, bastante singular: ayer ciencia inhallable, hoy es omnipresente. No obstante, se advertirá que las “metafísicas de” proliferan tanto más cuanto más se evita definir la esencia y el destino de la metafísica.
Ontología sin metafísica
Si, por el contrario, se mantiene un vínculo robusto entre ciencias y metafísica, sin apresurarse a legitimar esta última con el pretexto de que llenaría el vacío dejado por la ignorancia, los límites y la incompletud de aquellas, cabe preguntarse si la metafísica, en la época contemporánea, puede ser otra cosa que una metafísica a partir de las ciencias o una “metafísica de la naturaleza”. Si es así, la metafísica difícilmente podrá apartarse del programa de una “ontología descriptiva”, retomando de nuevo el gesto inaugural de Aristóteles.
Sin embargo, la ontología descriptiva, al consagrar la desaparición de la “trascendencia”, corre el riesgo de hacer perder a la metafísica su atractivo y su finalidad cooriginaria: decir el Principio capaz de aprehender lo último de la realidad o de unificar por él la totalidad del mundo. Ese era el punto de partida y también el punto final de nuestro libro Le principe: la época, que tanto rehúye las esencias, tampoco tolera el principio, o solo lo admite si se declina en plural y según un régimen precisamente trascendental o inmanente.
De ahí que, pese a todo, para la filosofía “continental”, formada por tantos siglos de ontoteología e incluso impregnada de un espiritualismo latente, resulte extraña la efervescencia metafísica en el contexto analítico, que desarrolla, sobre cuestiones antiguas, razonamientos afinados y teorías tan técnicas como audaces: sobre los tropos, los universales, el atomismo de las propiedades, la identidad personal, la emergencia de la mente, incluso el panpsiquismo… y, sobre todo, los mundos posibles.
Finalmente, puesto que nadie puede pretender, en filosofía, eximirse completamente de la metafísica sin tomar al menos posición respecto de la tesis de su supuesta muerte, ¿cómo definir nuestra propia posición frente a ella? Nos limitaremos aquí a calificarla de “nostálgica”, y de una nostalgia paradójica, si la metafísica nunca ha tenido lugar, no lo tiene ni lo tendrá jamás. ¿Sería la imposibilidad última de la metafísica la posibilidad primera de la filosofía, y más aún su riesgo más bello, la prueba de que la filosofía nunca terminará con la metafísica?