Toda inteligencia, en el acto por el cual concibe la esencia de una cosa, experimenta una experiencia semántica: un encuentro con el sentido o con lo inteligible, sin el cual no podría formar ningún concepto. El concepto no se abstrae simplemente de la cosa; tiene antes que tener sentido, constituir una unidad inteligible, y ser reconocido por la inteligencia porque ésta se reconoce en él.
Tal reconocimiento es el asentimiento interior de la inteligencia a lo inteligible: la idea es recibida porque “suena verdadera”, porque está en acuerdo con la naturaleza misma de la inteligencia. No hay un criterio de verdad más profundo que este acuerdo íntimo entre la inteligencia y el sentido que capta: la verdad aparece como una co-nascencia, una unión del sujeto cognoscente con el objeto inteligible.
Esta correspondencia no es una mera adecuación lógica o discursiva, sino una experiencia inmediata por la cual la inteligencia toca la esencia, más allá de las imágenes y representaciones sensibles. En su acto propio, la inteligencia es una intuición de lo inteligible — no en el sentido psicológico de un destello espontáneo, sino como contacto del espíritu con aquello que es inteligible en sí.
Más precisamente, la inteligencia humana presenta dos polos:
— un modo discursivo (razón, ratio), que analiza, compara y deduce;
— un modo intuitivo (intelecto, intellectus), que capta directamente la esencia y el sentido.
Ambos modos pertenecen a una misma potencia espiritual, pero el intelecto es primario, pues sólo él alcanza el nivel del ser y del sentido. La razón es su expresión discursiva, que opera según secuencias lógicas, mientras que el intelecto se sitúa en el nivel principial, donde la verdad se da inmediatamente.
Así, conocer no consiste principalmente en manipular representaciones, sino en entrar en comunión con lo inteligible. En este sentido, la inteligencia es participación en el Logos, el principio mismo de inteligibilidad. No inventa la verdad: la recibe y la reconoce, porque ya está orientada hacia ella.
El acto inteligente es, pues, esencialmente un reconocimiento del sentido que se impone por su verdad intrínseca. Esta aprehensión inmediata fundamenta luego la conceptualización y la demostración discursiva. La inteligencia no es, por tanto, primariamente una facultad de deducción, sino una facultad de ver.
Véase el artículo Razón e inteligencia, las dos caras de la mente.
Para saber más
- Platón, República, Fedro, Parménides — Sobre la aprehensión de las Ideas como inteligibles.
- Aristóteles, De Anima III — Sobre el intelecto agente y el intelecto pasivo.
- Plotino, Enéadas — Sobre la intelección como unión con el Intelecto.
- Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, q. 79–84 — Sobre las potencias intelectuales, abstracción e intuición.
- Maestro Eckhart, Sermones, ed. A. de Libera — Sobre el intelecto como lugar del nacimiento del Verbo.
- Étienne Gilson, Le réalisme méthodique — Sobre la inteligencia como aprehensión del ser.
- Jean Borella, La crise du symbolisme religieux ; Lumières de la théologie mystique (L’Âge d’Homme, 2002) — Sobre la inteligencia del símbolo, la experiencia de lo inteligible y el asentimiento interior.
- Bruno Bérard, ¿Qué es la metafísica? (Hypérbola Janus); trad. de Métaphysique pour tous (Paris, L’Harmattan, 2022); ing. Metaphysics for Everyone ; ita. Sui sentieri della metafisica ; ale. Was ist Metaphysik? — Sobre la inteligencia como experiencia de sentido, contacto inmediato con la esencia y participación en el Logos.