Extracto reelaborado de Métaphysique du paradoxe, vol. I, Paradoja y límites del saber, cap. VIII, «¿Verdad o realidad?», § 6, «Metafísica: verdad y realidad», pp. 229–231, y Apéndice 12, pp. 261–262.
¿Es la verdad simplemente la adecuación entre la inteligencia y la realidad? La distinción entre verdad lógica y verdad ontológica muestra, por el contrario, que conocer presupone una realidad ya inteligible: la verdad no resulta del conocimiento, sino que lo precede.
Realidad y verdad en metafísica
Si la lógica más abstracta (la más matemática) no fuera más que puro cálculo, habría al menos conformidad entre el cálculo y el resultado del cálculo, es decir, in fine, conformidad de la inteligencia con la cosa (conformitas intellectus cum re, vel adequatio intellectus ad rem)1, lo cual constituye la definición de la verdad lógica o formal (en la lógica tradicional —¡o simplemente habitual!).
Es indispensable señalar aquí la imprecisión de la fórmula simplificada «conformidad entre la inteligencia y la cosa», utilizada con demasiada frecuencia2 En efecto, clásicamente se distingue entre la verdad lógica o formal (conformidad de la inteligencia con la cosa) y la verdad ontológica, que es la conformidad o la «conformabilidad» de la cosa con la inteligencia (conformitas vel conformabilitas rei cum intellectu, vel adequatio rei ad intellectum). En la primera, la cosa es un ser lógico en la inteligencia que la piensa; en la segunda, la cosa posee esta vez existencia real y es accesible al intelecto: es lo verdadero como propiedad objetiva del ser.
Atributo coextensivo al ser, este verdadero se denomina trascendental (como las otras dos «propiedades» del ser, lo uno y lo bueno); supera o trasciende los géneros, las especies, las diferencias o los accidentes que dan al ser una forma particular y lo limitan. Kant percibió bien, en cierto modo, este desdoblamiento: «hasta ahora se admitía que todo nuestro conocimiento debía regirse por los objetos […]. Ensáyese, pues, una vez si no adelantaremos más en los problemas de la metafísica admitiendo que los objetos deben regirse por nuestro conocimiento» (Prefacio a la segunda edición); pero lo hace para refutar uno en beneficio exclusivo del otro; el objeto, además, queda entonces simplemente sometido a la forma de nuestro entendimiento y reducido al rango de fenómeno.
Correspondió a Tomás de Aquino (1225-1274) recoger la corriente aristotélica subjetivista de lo verdadero3, como fin de todo conocimiento y perfección de la inteligencia, y la corriente platónica de una verdad inmutable y eterna (Idea de la que participan los espíritus creados), prolongada por san Agustín (354-430), con una verdad que domina y se impone al espíritu. De este modo, mostró la verdad como, a la vez, perfección de la inteligencia —verdad lógica— y propiedad objetiva del ser —verdad ontológica—, como las dos vertientes de lo universal y de su reflejo en lo individual, de lo objetivo y lo subjetivo, de lo real y lo formal.
Martin Heidegger (1889-1976), en su búsqueda de la esencia de la verdad4, no ignoró esta distinción: «veritas [est] adaequatio rei (creandae) ad intellectum (divinum), [lo que garantiza la] veritas como adaequatio intellectus (humani) ad rem (creatam)». El hecho de que «la verdad [sea] la adecuación de la cosa (creada) a la inteligencia (divina)» garantiza la «verdad como adecuación de la inteligencia (humana) a la cosa (creada)».
Posteriormente «liberada» de la teología, la verdad originaria (que precede al juicio) es, para él, el contacto del Dasein con el ser, el desvelamiento (alētheia) del ser —siendo esta «apertura al ser» propiamente metafísica—. El mismo retorno a la esencia de la verdad (y la misma denuncia del sofisma) se encuentra en un gran conocedor de Heidegger, Maxence Caron: sin noción de verdad, el acto mismo de pensar pierde toda coherencia y todo sentido5.
En resumen, desde una perspectiva metafísica, la verdad de las cosas consiste esencialmente en su conformidad con la Inteligencia absoluta de la que dependen; o bien, accidentalmente, en la aptitud de las cosas para ser objeto de la inteligencia humana especulativa, limitada, que se somete a la cosa que conoce.
Desde este punto de vista, la verdad no es un producto del espíritu humano, sino que existe independientemente de él; por otra parte, la inteligibilidad en sí de todo ser no implica que todo ser sea totalmente inteligible para el hombre6 —el ser mismo no es reducible a lo racional y, además, la inteligencia humana es limitada—. En cualquier caso, el objeto de la metafísica es, por tanto, tanto la realidad «última», el ser en sí, «el ser en cuanto ser»7, como la verdad.
Adæquatio intellectus et rei
La verdad como «adecuación de la inteligencia y de la cosa» puede constituir un atajo engañoso, tanto en lo que respecta a la definición de la verdad como a la doctrina aristotélico-tomista. Como señala Désiré Mercier, «la interpretación simplista de la definición: “veritas est adaequatio rei et intellectus” no es, en definitiva, la expresión adecuada de ninguna verdad».8
En efecto, es imposible comparar directamente un concepto objetivo con una «cosa exterior»: «pretender conocer una cosa absoluta es querer que la entidad física y aquello que no es ella, sino su representación, sean idénticas: es querer identificar dos cosas contradictorias» (ibid., p. 391). La adæquatio debe entenderse, por tanto, no como una identidad entre la cosa y su representación mental, sino como la conformidad de un juicio con lo que es.
La verdad presupone así dos actos de aprehensión: uno por el cual una cosa se convierte en objeto inteligible, y otro por el cual se aprehende un predicado, antes de que este sea atribuido al sujeto en el juicio (ibid., p. 389). Deben distinguirse, por consiguiente, dos relaciones: la del sujeto inteligido con los predicados mediante los cuales puede ser representado, que corresponde a la verdad ontológica; y la del pensamiento representativo con el sujeto previamente inteligido, que corresponde a la verdad o falsedad lógica (ibid., p. 390).
«Por eso el concepto, considerado aisladamente, no es todavía ni verdadero ni falso: solo el juicio comporta esencialmente el carácter de verdad o falsedad» (ibid., p. 402. La cursiva es nuestra). Esta es ya la doctrina de Aristóteles: «lo verdadero es la unión de dos notas, objeto de una afirmación, o su separación, objeto de una negación»9; dicho de otro modo, «lo verdadero es el objeto de la enunciación de que lo que es, es, y lo que no es, no es; lo falso es que lo que es, no es, y lo que no es, es» (Mercier, ibid., p. 403).
Tomás de Aquino interpreta en el mismo sentido la fórmula agustiniana según la cual «lo verdadero es lo que es»: no significa que la verdad se confunda simplemente con la existencia de la cosa, sino que «hay verdad cuando el ser se afirma de algo que es» (De Veritate, q. I, art. 1, Resp. 1).
Puede, por tanto, conservarse la fórmula tradicional veritas est adæquatio intellectus et rei, a condición de no hacerle decir más de lo que dice: por «inteligencia» debe entenderse aquí el juicio y, por «realidad», primero la identidad objetiva de los términos del juicio y, después, su realidad objetiva.10
Pero esta verdad lógica presupone, a su vez, una verdad más fundamental. Si la inteligencia puede conformar su juicio a la cosa, es porque la cosa es previamente inteligible. La adæquatio intellectus ad rem remite así a la adæquatio rei ad intellectum: la verdad del conocimiento presupone la verdad del ser.
Conclusión
La verdad no reside, pues, en última instancia, en la adecuación que la inteligencia humana lograría establecer con una realidad exterior. Esta adecuación solo es posible porque lo real es ya inteligible: antes de que la inteligencia humana se conforme a la cosa, la cosa misma es conforme a la Inteligencia de la que procede. La verdad lógica presupone así la verdad ontológica. Conocer no es producir la inteligibilidad de lo real, sino participar, dentro de los límites de la inteligencia humana, de una inteligibilidad que la precede.
Notas
- Esta verdad se encuentra en la inteligencia, de manera incoativa (de inchoare: comenzar) en la simple aprehensión y de manera formal en el juicio.[↩]
- Véase más adelante: Adæquatio intellectus et rei.[↩]
- Más precisamente, según la comunicación de J. Moreau, existe en Aristóteles una verdad «antepredicativa». En efecto, «como Aristóteles entiende por verdad el acuerdo de los juicios con la realidad, esta misma realidad debe ser aprehendida independientemente de los juicios que se formulan sobre ella: en la perspectiva aristotélica, lo es mediante la percepción sensible, que revela la cosa, y mediante la intuición intelectual, que alcanza las esencias»; Paul Moraux, «Aristote et les questions de méthode. Communications présentées au Symposium Aristotelicum tenu à Louvain du 24 août au 1er sept. 1960», L’Antiquité classique, t. 32, fasc. 1, 1963 (pp. 242-246), p. 243.[↩]
- «De l’essence de la vérité» (1954; el curso impartido data del invierno de 1931-1932), Questions I et II, París: Gallimard, 1968, pp. 159-195.[↩]
- Cf. La Vérité captive — De la philosophie, París: Cerf/Ad Solem, 2009.[↩]
- François Chenique, Éléments de Logique classique. L’art de penser, de juger et de raisonner, L’Harmattan, 2006, pp. 109-110.[↩]
- Entiéndase «el ser en cuanto es ser» o «el ser en cuanto está relacionado con los principios». Para una panorámica de las interpretaciones del objeto de la metafísica en Aristóteles y de las dificultades que quedan en sus textos (especialmente las contradicciones entre Metafísica IV 2, 1059a22, Física A 9 y Refutaciones sofísticas 172a12), véase L. Elders, «Aristote et l’objet de la métaphysique», Revue Philosophique de Louvain, 1962, vol. 60, n.º 66, pp. 165-183. En particular, «el carácter compilatorio del libro K [… refuerza la idea] de que en este pasaje haya un intento de síntesis de dos concepciones diferentes de la metafísica» (ibid.): la de «el ser en cuanto ser», cuya universalidad se entiende como conexión de los seres con sus principios y, en última instancia, con lo Uno y la Pluralidad, por una parte; y, por otra, la concepción más antigua y originaria de «una filosofía del ser inmaterial, inmóvil, que deja el ser móvil como objeto de la sola física […], una doctrina de la reducción del ser a dos principios semejante a la célebre reducción de Platón» (ibid.). Véase también el magistral estudio de Pierre Aubenque, Le Problème de l’être chez Aristote, París: PUF, 1962.[↩]
- Désiré Mercier (1851-1926), «La notion de la Vérité (à propos d’un article de la Revue Thomiste intitulé : “Jugement et vérité”)», Revue néo-scolastique, 6.º año, n.º 24, 1899, pp. 371-403. Lo seguimos aquí.[↩]
- Metafísica, VI, 3, 1027b. «En cuanto al ser en tanto que verdadero y al no-ser en tanto que falso, no consisten sino en la unión y la separación del atributo y del sujeto, [20] en una palabra, en la afirmación o la negación. Lo verdadero es la afirmación de la conveniencia del sujeto y del atributo, la negación de su disconveniencia [es decir, el juicio]» es la traducción de Pierron & Zévort (París: Ébrard, Joubert, 1840, t. I).[↩]
- Mercier, ibid., p. 403. La Critériologie générale ou théorie générale de la certitude (1899, luego 1906) es la tercera versión (después de las versiones autógrafas de 1885 y 1889) del curso de filosofía del futuro (1906) cardenal Mercier. Hoy se habla de epistemología. El interés de estos trabajos neotomistas reside en su propio objeto: «aproximar las doctrinas contemporáneas e intentar resolver, inspirándose en las ideas tradicionales, las cuestiones que el pensamiento del siglo XIX situaba en el centro de sus preocupaciones propiamente filosóficas».[↩]