Jean Borella falleció el domingo 11 de octubre de 2026, hacia las 20:00 horas.
Con la desaparición de Jean Borella, no es solamente un gran filósofo quien nos deja. Es uno de los pocos pensadores contemporáneos que han devuelto a la metafísica su plena legitimidad, a la inteligencia su vocación contemplativa y al cristianismo la profundidad de su dimensión gnóstica.
Para mí, esta desaparición supone también la pérdida de un amigo, de un maestro en metafísica y de un compañero de pensamiento. Es difícil rendir homenaje a una obra que ha contribuido tan profundamente a formar la propia inteligencia sin que ese homenaje se convierta, al menos en parte, en el relato de una deuda personal.
Un encuentro decisivo
Mi trayectoria metafísica comenzó en los años ochenta, alimentada especialmente por mi padre, Pamphile, quien me había abierto las puertas al descubrimiento de las grandes tradiciones espirituales y metafísicas.
Fue a través de él, amigo de Jean Borella, como descubrí un pensamiento que habría de marcar profundamente mi propio camino intelectual.
Había comenzado a reunir y organizar algunos elementos del pensamiento teológico de Jean Borella, poniéndolos en relación con las grandes tradiciones espirituales de la humanidad. Este trabajo se convertiría en mi primer libro, Introduction à une métaphysique des mystères chrétiens, en regard des traditions bouddhique, hindoue, islamique, judaïque et taoïste (L’Harmattan, 2005).
Fue en este contexto cuando mi padre me presentó personalmente a Jean, en su casa de Nancy. Aquel primer encuentro marcaría el comienzo de una larga amistad filosófica y espiritual.
Jean aceptó escribir un epílogo para esta obra, que recibió asimismo el imprimatur de la diócesis de París. Este doble reconocimiento, filosófico y eclesiástico, tuvo para mí un significado especial. Daba testimonio de la posibilidad de un enfoque metafísico abierto a las distintas tradiciones, pero, en este caso, profundamente arraigado en el cristianismo.
Posteriormente, la lectura y el estudio de su obra, nuestros intercambios y su amistad contribuyeron a formar mi propia comprensión de la metafísica. Junto con François Chenique, en particular, Jean Borella pertenece a esos pensadores que no solo me transmitieron conocimientos, sino que me enseñaron a considerar de otra manera el conocimiento mismo.
Lo que le debo es, ante todo, una cierta liberación de la inteligencia: comprender que la metafísica no es ni un sistema conceptual ni una construcción intelectual que pretenda explicar lo real desde fuera, sino una apertura del espíritu a aquello que lo fundamenta y lo trasciende.
La rehabilitación de la inteligencia metafísica
Una de las principales aportaciones de Jean Borella fue restablecer la distinción fundamental entre razón e inteligencia.
La razón discurre, analiza, distingue y demuestra. Posee su propia necesidad y legitimidad. Pero no puede ser su propio principio. Toda demostración presupone una inteligibilidad previa; todo razonamiento presupone una verdad a la que el espíritu ya está, de algún modo, abierto.
La inteligencia, en sentido metafísico, no es, por tanto, una razón más poderosa. Es aquella facultad del espíritu por la cual lo real se revela inteligible, aquella apertura primordial sin la cual ningún discurso racional podría aspirar a la verdad.
Esta distinción es decisiva. Permite superar la alternativa, convertida casi en obligatoria en la modernidad, entre un racionalismo que reduce lo cognoscible a lo conceptualmente dominable y un irracionalismo que abandona la verdad a los sentimientos, las creencias o las experiencias subjetivas.
En Borella, la inteligencia no se opone a la razón: la fundamenta y la ordena.
Por eso, a mi juicio, su obra representa mucho más que una crítica de Kant, del positivismo o del estructuralismo. Constituye la posibilidad misma de un retorno filosófico a la metafísica, después de varios siglos de sucesivas reducciones de lo real y del conocimiento.
No se trata de regresar ingenuamente a una filosofía anterior a la modernidad, sino de recuperar, tras haber atravesado sus críticas, la posibilidad de un conocimiento auténticamente metafísico.
El símbolo no es solamente un signo
Esta rehabilitación de la inteligencia es inseparable del otro gran descubrimiento borelliano: el alcance ontológico del símbolo.
Una de las características del pensamiento moderno ha sido separar progresivamente el símbolo de la realidad. El símbolo sería una representación, un signo que remite convencionalmente a otra cosa, o incluso una proyección de la conciencia humana.
Jean Borella mostró que esta concepción se basa en una reducción previa de lo real.
En una auténtica metafísica del símbolo, lo visible no se basta a sí mismo. Manifiesta una realidad que lo trasciende, no mediante una simple convención de significado, sino a través de una relación de participación.
El símbolo, por tanto, no es solamente aquello que remite a otra cosa: es aquello mediante lo cual algo de esa otra realidad se hace verdaderamente presente.
Esta concepción, a menudo denominada realismo simbólico, transforma nuestra comprensión de la naturaleza, del lenguaje, del rito, del arte y, en definitiva, de la creación misma.
El mundo deja de ser un conjunto de objetos materialmente constituidos a los que el ser humano atribuiría posteriormente significados. Se convierte en un orden de manifestaciones, cuyas realidades sensibles pueden comprenderse como otros tantos signos ontológicamente fundamentados.
La analogía recupera entonces su función metafísica esencial. Permite pensar conjuntamente la trascendencia del Principio y su manifestación, sin confundir los niveles de realidad ni establecer entre ellos una separación irreductible.
Esta es una de las razones por las que siempre he considerado que la obra de Borella no se limitaba a una filosofía del simbolismo religioso: implica una verdadera metafísica de la realidad.
La posibilidad de una gnosis auténticamente cristiana
Pero la originalidad de Jean Borella se manifiesta quizá de manera aún más profunda en su rehabilitación de la gnosis cristiana.
La palabra gnosis sigue rodeada de malentendidos. Evoca a menudo el gnosticismo de los primeros siglos, un conocimiento secreto reservado a unos pocos iniciados, o incluso la pretensión de emanciparse de la fe y de la revelación.
Ahora bien, la gnosis de la que habla Borella no corresponde a ninguna de estas concepciones. Entendida como conocimiento espiritual de Dios, la gnosis está profundamente arraigada en el Nuevo Testamento, tanto en san Pablo como en los Evangelios, particularmente en el de Juan.
Designa la posibilidad de un conocimiento espiritual, interior y contemplativo, cuyo principio se encuentra en la propia fe cristiana.
La fe no es aquí una adhesión ciega que deba prescindir de la inteligencia; tampoco el conocimiento es una posesión intelectual que vuelva innecesaria la fe.
Creer y conocer no se excluyen mutuamente. La fe abre a una verdad que la inteligencia está llamada a profundizar, sin pretender jamás agotar el Misterio que la fundamenta.
Por eso, la gnosis cristiana no puede separarse de la teología, de la vida sacramental, de la contemplación y de la caridad.
El conocimiento espiritual no es una apropiación de lo divino. Es, en última instancia, participación en una verdad que se entrega.
Esta perspectiva permite comprender por qué Borella pudo retomar ciertos interrogantes planteados por Guénon y Schuon sin dejarse encerrar en sus formulaciones doctrinales. Su pensamiento no se limita a aplicar al cristianismo una metafísica universal previamente constituida. Reconoce a la revelación cristiana un alcance metafísico propio e irreductible.
Esta es, a mi juicio, una de sus contribuciones más importantes: haber mostrado que el cristianismo no necesita tomar prestada de ninguna doctrina exterior la dimensión intelectual y contemplativa que posee en su propio seno.
El amor, operador metafísico por excelencia
Sin embargo, faltaría una dimensión esencial en esta presentación del pensamiento de Jean Borella si no habláramos del amor.
Porque el amor no era para él solamente una virtud moral, una disposición afectiva o incluso la culminación espiritual del conocimiento. Poseía un verdadero alcance metafísico (cf. La Charité profanée, 1979, reeditada con el título Amour et Vérité, 2011).
Allí donde la razón distingue y separa para comprender, el amor une sin abolir la distinción. Revela que la relación no es necesariamente exterior a los seres, sino que, por el contrario, puede pertenecer a su verdad más profunda. En este sentido, el amor es un operador metafísico por excelencia: hace inteligible la unidad sin confusión, la distinción sin separación y la trascendencia sin excluir la participación.
Esta perspectiva encuentra, evidentemente, su expresión suprema en el misterio trinitario, donde la unidad divina no abole la distinción de las Personas, sino que se revela inseparable de sus relaciones eternas.
También ilumina el conocimiento espiritual. Porque conocer verdaderamente no consiste simplemente en aprehender intelectualmente un objeto; es también, en cierto modo, entrar en comunión con aquello que se conoce. Por tanto, el amor no viene simplemente a añadirse al conocimiento: manifiesta su plenitud, allí donde la verdad deja de ser solamente pensada para convertirse en participación vivida.
Así convergen las tres dimensiones fundamentales del pensamiento borelliano: la inteligencia que se abre al ser, el símbolo que hace presente una realidad trascendente y el amor que realiza la unidad sin suprimir la alteridad.
Se comprende entonces por qué la gnosis cristiana, tal como Jean Borella la concibió, no puede reducirse jamás a un conocimiento puramente intelectual. Encuentra su plenitud en la caridad, no como un complemento moral, sino como la realización misma de su vocación metafísica y espiritual.
Una obra de profunda unidad
Podría resultar tentador considerar los libros de Jean Borella como una serie de estudios independientes dedicados al simbolismo, la analogía, lo sobrenatural, la teología trinitaria, el esoterismo o la mística.
Pero su unidad es notable.
El símbolo manifiesta una realidad superior; la inteligencia es capaz de reconocer su alcance; la analogía permite pensar las relaciones entre los grados del ser; la revelación abre al ser humano a un conocimiento que sus solas fuerzas no podrían producir; la contemplación constituye el horizonte espiritual de ese conocimiento.
Estas dimensiones no están simplemente yuxtapuestas. Forman un pensamiento orgánico en el que la filosofía, la metafísica y la teología se iluminan recíprocamente.
He intentado mostrar esta coherencia en Jean Borella : la Révolution métaphysique, y posteriormente mediante la publicación de varios estudios dedicados a su filosofía del símbolo y a su concepción de la unidad analógica de las religiones.
Este trabajo de esclarecimiento me ha convencido progresivamente de que su obra constituye uno de los intentos más importantes de nuestra época por restaurar una inteligencia integral de lo real.
Para mí, no se trataba solamente de comentar a un filósofo admirado, sino de hacer accesible un pensamiento cuyo alcance superaba ampliamente el círculo de sus lectores habituales.
Una amistad más allá de las palabras
Hay una dimensión que ninguna exposición doctrinal puede reflejar plenamente: la del hombre que hay detrás de la obra.
Nuestra amistad fue discreta. No se alimentaba de la proximidad geográfica ni de encuentros largos y frecuentes. Permanecía en gran medida silenciosa, a distancia, mucho más allá de las palabras intercambiadas. Pero estaba viva, especialmente a través de breves conversaciones telefónicas, más o menos regulares, que se prolongaron hasta el final.
Esta presencia discreta correspondía, me parece, a algo esencial en la personalidad de Jean: la profundidad no necesita manifestarse constantemente para ser real.
Entre las palabras que me dejó, hay unas, pronunciadas durante nuestro primer encuentro, que hoy vuelven especialmente a mi memoria. Me había explicado que los esquemas pueden ayudar a comprender, al menos parcialmente, pero que después hay que saber olvidarlos. Porque siempre corren el riesgo de encerrar el pensamiento e impedirle «pensar más allá».
Esta observación, aparentemente sencilla, encierra, a mi juicio, una verdadera lección de metafísica.
Un esquema, como un concepto o un sistema, puede ser útil a la inteligencia. Pero se convierte en un obstáculo en cuanto lo confundimos con la realidad misma que solo nos permitía entrever. La inteligencia debe saber servirse de las formas que elabora, sin dejarse nunca encerrar en ellas.
No se trata de renunciar al rigor conceptual, sino de reconocer que lo real excede siempre las construcciones mediante las cuales intentamos comprenderlo.
Esta invitación a «pensar más allá» me parece que resume admirablemente el planteamiento filosófico de Jean Borella. Su pensamiento no pretendía construir un sistema definitivo, sino abrir la inteligencia a aquello que, por principio, no puede quedar contenido en ningún sistema.
También ilumina el sentido de su obra: el alcance ontológico del símbolo, la distinción entre razón e inteligencia y la posibilidad de una gnosis cristiana no constituyen otras tantas doctrinas cerradas, sino otros tantos caminos hacia una verdad que nunca se deja poseer.
Hoy comprendo hasta qué punto esta lección ha acompañado mis propios trabajos. Me enseñó que un pensamiento verdaderamente metafísico no debe confundir jamás la claridad de sus formulaciones con el agotamiento del misterio al que intenta aproximarse.
Y quizá sea esto lo que permanece más profundamente de nuestra amistad: no solo el recuerdo de nuestras conversaciones o el reconocimiento de una deuda intelectual, sino esa presencia silenciosa de un hombre que me ayudó a comprender que la inteligencia está hecha para ir siempre más allá de sí misma.
Pero esta amistad tenía también algo más profundo, relacionado con el lugar que ocupaba el amor en la propia vida de Jean.
El amor no era para él una idea que se desarrolla en los libros para pasar después a otra cosa. Era una manera de ser, una forma de acoger al otro, de reconocer su libertad y de permanecer presente sin intentar imponerse. Nuestra amistad discreta, hecha de fidelidad y de una comprensión que no siempre necesitaba palabras, me parece hoy una de las expresiones de esta disposición interior.
Había en ello, me parece, una notable coherencia entre el hombre y el filósofo. Quien reconocía al amor una función metafísica esencial también lo vivía, sencillamente, en sus relaciones humanas.
Quizá por eso su pensamiento nunca me pareció separable de su persona. En él, la inteligencia no conducía a un dominio intelectual de lo real, sino a una disponibilidad más profunda hacia la verdad y hacia los demás. Y el amor no era aquello que vendría a compensar los límites de la inteligencia: era aquello por lo que la inteligencia encontraba su verdadero destino.
A través de esta amistad, comprendí mejor que la metafísica, cuando es auténtica, no es solamente una manera de conocer lo real, sino también una manera de habitarlo.
El legado de Jean Borella
¿Qué quedará de Jean Borella?
Sus libros, por supuesto, algunos de los cuales requerirán todavía muchos años de estudio para que se reconozca todo su alcance.
Pero quizá, más aún, permanezca esta convicción fundamental: la inteligencia humana está hecha para la verdad, y esa verdad no se deja encerrar en ninguno de los límites que el pensamiento moderno ha querido imponerle.
Al rehabilitar el símbolo, Borella devolvió al mundo su profundidad metafísica.
Al distinguir la inteligencia de la razón sin oponerlas, devolvió a la filosofía su apertura al ser.
Al mostrar la posibilidad de una gnosis auténticamente cristiana, recordó que la fe lleva en sí misma una vocación al conocimiento y a la contemplación.
Estas tres contribuciones constituyen, en definitiva, una sola: restituir al espíritu humano su capacidad de acoger aquello que lo trasciende.
Para quienes conocieron a Jean Borella, al reconocimiento intelectual se añade ahora la gratitud de la amistad.
Hay pensadores que nos enseñan qué pensar. Otros nos enseñan cómo pensar. Más raros son aquellos que nos enseñan a no dejar nunca de pensar, a no confundir jamás nuestros conceptos con lo real ni nuestras construcciones con la verdad.
Más raros aún son aquellos en quienes esta exigencia de la inteligencia va acompañada de una exigencia igualmente profunda del amor, hasta el punto de que conocer y amar aparecen como dos expresiones de una misma apertura al ser.
Jean Borella fue uno de ellos.
Y si tuviera que conservar una sola lección de su obra, de nuestros intercambios y de esta larga amistad silenciosa, sería quizá esta: seguir siempre «pensando más allá», pero también amar más profundamente, porque la verdad no se posee; se recibe, se contempla y se comparte.
