El término creación (del latín creatio, « acción de producir », « engendrar ») designa el acto por el cual Dios da el ser a aquello que no era. En el sentido metafísico y teológico estricto, crear no significa transformar una materia preexistente ni organizar un caos anterior, sino hacer existir aquello que, sin este acto, no sería absolutamente nada.

Más particularmente

La creación se distingue así radicalmente de toda producción, fabricación o generación. El artesano fabrica un objeto a partir de materiales ya existentes; la naturaleza engendra un ser vivo a partir de otro ser vivo; sólo Dios crea, es decir, confiere la existencia misma.

En la tradición judeocristiana, la creación se entiende como creatio ex nihilo (« creación a partir de la nada »). Esta fórmula no significa que la nada sea una especie de materia prima de la que Dios se sirva, sino que ninguna realidad preexistente es necesaria para el acto creador. La nada no es una causa; simplemente indica la ausencia total de ser antes del acto de creación.

La creación tampoco debe concebirse como un acontecimiento situado únicamente en el pasado. Según la metafísica clásica, el acto creador es permanente: todo ser creado depende continuamente de Dios para existir. Si esta dependencia cesara siquiera un instante, la criatura volvería a la nada. Como enseña santo Tomás de Aquino, para Dios conservar en el ser equivale a crear continuamente.

Esta dependencia ontológica distingue la creación de la simple causalidad. Una causa natural produce un efecto que puede subsistir independientemente de ella; la criatura, en cambio, permanece dependiente del Creador en su misma existencia. La creación no es, por tanto, sólo una relación de origen, sino una relación permanente de ser.

La metafísica distingue asimismo la creación de la emanación. En ciertas doctrinas neoplatónicas, los seres proceden del Principio según un movimiento de difusión comparable a la irradiación de la luz. La creación, por el contrario, se entiende tradicionalmente como un acto libre. El mundo no existe porque Dios no pudiera hacer otra cosa, sino porque Él lo quiere.

Esta libertad del acto creador permite comprender la contingencia del mundo. Nada en la naturaleza de las cosas creadas exige absolutamente su existencia. Podrían no haber sido. Su existencia remite, por tanto, a una causa que posee el ser por sí misma y no por participación.

Sin embargo, aunque el mundo no procede de una emanación necesaria, manifiesta ciertas posibilidades contenidas principialmente en el Infinito divino. Las metafísicas tradicionales enseñan que Dios contiene eminentemente todas las posibilidades del ser y del no-ser. La creación puede así entenderse como la manifestación contingente de algunas de estas posibilidades, no porque deban desplegarse necesariamente, sino porque la Libertad divina las actualiza según un designio que pertenece a la Sabiduría divina.

Esta perspectiva permite comprender la creación como manifestación sin reducirla a una emanación. Lo que se manifiesta en el cosmos no es nunca la Esencia divina misma, que permanece absolutamente trascendente e incomunicable, sino reflejos, participaciones o determinaciones de las posibilidades que contiene principialmente. Así, lo creado no constituye una porción de Dios, sino la expresión finita de posibilidades cuya fuente permanece infinita.

La doctrina de la creación permite asimismo distinguir claramente el teísmo del panteísmo. Si el mundo ha sido creado por Dios, no es Dios. Depende enteramente de su Principio sin confundirse con Él. El Creador trasciende infinitamente su creación, permaneciendo al mismo tiempo íntimamente presente en ella como causa de su ser.

Desde una perspectiva metafísica, la creación manifiesta el carácter simbólico del cosmos. Puesto que recibe su ser de un Principio que lo supera, el mundo visible puede entenderse como signo o imagen de una realidad invisible. Como escribe Platón, el mundo es necesariamente « imagen de algo » (Timeo, 29b). Según Jean Borella, el universo posee así una función icónica: en su misma sustancia es símbolo y manifestación de un orden superior.

La creación aparece entonces como una verdadera teofanía. No porque Dios se identifique con el mundo, sino porque las criaturas revelan analógicamente ciertas perfecciones divinas. La belleza, la verdad, la bondad, el orden y la inteligibilidad de los seres creados testimonian su Fuente sin agotarla jamás. Lo visible remite a lo invisible; lo relativo al Absoluto; lo manifestado a su Principio.

Las concepciones materialistas modernas tienden a reducir la cuestión de los orígenes a la de las transformaciones físicas del universo. La creación, sin embargo, no responde a la pregunta: « ¿Cómo ha evolucionado el mundo? », sino a una cuestión más fundamental: « ¿Por qué hay algo en lugar de nada? ». La creación pertenece así, ante todo, a la metafísica antes que a la cosmología.

La creación aparece entonces como la relación fundamental que une todo ser contingente con su Principio trascendente. Expresa la dependencia radical de todo lo que existe respecto de la Fuente misma del ser, al tiempo que revela el cosmos como símbolo, manifestación y participación en una realidad que lo supera infinitamente.

Véase también: Absoluto, Causa, Contingencia, Cosmos, Ser, Logos, Manifestación, Naturaleza, Participación, Símbolo, Teofanía.

Para saber más

Génesis, capítulos 1–2.
• Platón, Timeo, 28a–30d.
• Dionisio Areopagita, Los nombres divinos.
• San Agustín, Confesiones, libro XI.
• Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, I, qq. 44–46.
• Ananda K. Coomaraswamy, Time and Eternity.
• Jean Borella, La crisis del simbolismo religioso.
• Wolfgang Smith, La sabiduría de la cosmología antigua.
• Bruno Bérard, ¿Qué es la metafísica? (trad. esp. de Métaphysique pour tous); trad. ingl. Metaphysics for Everyone; trad. it. Sui sentieri della metafisica; trad. al. Was ist Metaphysik? Zwischen Ambition und Wirklichkeit.