El término causa primera designa la causa última de la que depende toda cadena de causas y efectos. En metafísica, es el principio primero del ser, del orden y de la inteligibilidad de lo real. La noción de causa primera no remite necesariamente a la primera causa en el tiempo, sino a aquello sin lo cual ninguna causalidad sería posible.
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La reflexión sobre la causa primera nace de la observación del mundo. Las cosas aparecen vinculadas entre sí por relaciones de causalidad: ciertos acontecimientos producen otros acontecimientos, ciertos seres dependen de otros seres y ciertas realidades explican otras realidades. La cuestión metafísica consiste entonces en saber si esta serie de causas puede bastarse a sí misma o si requiere un fundamento último.
Aristóteles fue el primero en formular sistemáticamente esta cuestión. En su búsqueda de los principios, muestra que toda explicación presupone un punto de partida. Afirma que, si se elimina la causa, también se elimina el efecto y, sobre todo, que no es posible remontarse indefinidamente en el orden de las causas sin hacer imposible toda explicación. En la Metafísica escribe: « Si no hay un primer término, no hay causa alguna » (Metafísica, II, 2, 994a1-2). La causa primera aparece así como una exigencia de la inteligibilidad misma.
Para Aristóteles, esta causa primera es el Motor Inmóvil. Todo lo que se mueve es movido por otra cosa; pero una regresión al infinito en el orden de los motores jamás permitiría explicar el movimiento actual del mundo. Es necesario, por tanto, admitir un principio que mueva sin ser movido: acto puro y fuente última de todo movimiento.
La metafísica clásica retoma y profundiza este análisis. La causa primera no es simplemente el primer término de una serie; es aquello de lo que depende en cada instante la existencia misma de las causas segundas. Fundamenta su poder causal y les permite actuar conforme a su naturaleza.
Santo Tomás de Aquino distingue cuidadosamente la causa primera de las causas segundas. Las causas segundas son las causas naturales, físicas o creadas que producen efectos en el mundo. Son reales y eficaces. Sin embargo, sólo actúan en virtud de un ser y de una potencia que han recibido. La causa primera no elimina, por tanto, las causas segundas; las hace posibles.
Esta distinción permite evitar dos errores opuestos. Por una parte, el deísmo, que tiende a concebir a Dios como una causa inicial que habría abandonado el mundo a sí mismo; por otra, el ocasionalismo, que niega la verdadera causalidad de las criaturas. La doctrina clásica afirma, por el contrario, que Dios actúa a través de las causas segundas sin abolirlas.
La causa primera tampoco debe entenderse como un simple acontecimiento inicial situado al comienzo del tiempo. Incluso si el universo hubiera existido siempre, la cuestión de la causa primera seguiría planteándose. Esta se refiere a la dependencia ontológica de los seres y no únicamente a su origen cronológico.
La noción de causa primera está estrechamente vinculada a la de contingencia. Los seres contingentes no poseen en sí mismos la razón de su existencia. Remiten a una causa que posee el ser de manera no recibida y no derivada. La causa primera aparece así como el Ser necesario del que depende todo ser contingente.
Esta perspectiva conduce a identificar la causa primera con Dios. Sin embargo, Dios no es solamente la primera causa en el sentido de un comienzo; es la causa permanente de la existencia de todas las cosas. Según santo Tomás, crear y conservar en el ser pertenecen al mismo acto divino. Las criaturas dependen, por tanto, continuamente de la causa primera para existir.
La doctrina de la causa primera ilumina también la relación entre creación y participación. Los seres creados existen porque participan del ser que les es comunicado. Su mismo poder de actuar participa igualmente de la causalidad primera. Toda causalidad creada aparece así como una participación limitada en la causalidad del Principio.
Desde una perspectiva simbólica, la causa primera permanece invisible en sus efectos mientras se manifiesta indirectamente a través de ellos. Los seres no revelan solamente su propia naturaleza; también testimonian la fuente de la que proceden. El cosmos se vuelve así inteligible como un orden de signos que remiten a su principio causal.
Jean Borella subraya que el conocimiento metafísico consiste precisamente en remontarse desde lo manifestado hasta su principio. La causalidad no es únicamente un mecanismo explicativo; constituye también una vía de conocimiento que conduce desde los efectos visibles hasta la causa invisible que los fundamenta.
El pensamiento moderno ha reducido con frecuencia la causalidad a la mera relación entre fenómenos observables. La metafísica recuerda, por el contrario, que la pregunta última no es sólo: « ¿Cómo actúan las cosas? », sino también: « ¿Por qué existen causas en lugar de nada? ». La noción de causa primera responde a esta interrogación fundamental.
La causa primera aparece así como el fundamento último de toda inteligibilidad. Permite comprender por qué el mundo existe, por qué está ordenado y por qué las causas segundas poseen una eficacia real. Constituye el principio al que remite toda búsqueda de las causas y uno de los conceptos centrales de la metafísica.
Véase también: Causa, Creación, Contingencia, Ser, Necesidad, Participación, Principio, Teofanía.
Para saber más
• Aristóteles, Metafísica, II, 2, 994a1-2; XII, 6-7.
• Aristóteles, Física, VIII.
• Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, I, q. 2, a. 3; I, q. 44.
• Santo Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, I, 13.
• Étienne Gilson, El ser y la esencia.
• Cornelio Fabro, Partecipazione e causalità.
• Jean Borella, Metafísica del símbolo (Métaphysique du symbole).
• Wolfgang Smith, The Wisdom of Ancient Cosmology.
• Bruno Bérard, Métaphysique pour tous, París, L’Harmattan, 2022 (Trad. ingl. Metaphysics for Everyone; trad. it. Sui sentieri della metafisica; trad. esp. ¿Qué es la metafísica?; trad. al. Was ist Metaphysik? Zwischen Ambition und Wirklichkeit).
Nota: La causa primera constituye uno de los puntos de convergencia entre las nociones de Principio, Ser, Creación y Participación. No designa únicamente el origen del mundo, sino el fundamento permanente de toda causalidad. Según la fórmula de Aristóteles, « si no hay un primer término, no hay causa alguna ». La causa primera es, por tanto, aquello que hace posible la existencia misma de las causas segundas y, en consecuencia, la inteligibilidad de toda la realidad.