El término contingencia (del latín contingere, « acontecer », « suceder », « poder ser o no ser ») designa el carácter de aquello que no existe por necesidad y que podría ser de otro modo, o incluso no existir en absoluto. En metafísica, la contingencia caracteriza a los seres cuya existencia no está contenida en su esencia y que dependen de una causa distinta de sí mismos para existir.
Más particularmente
La noción de contingencia se opone a la de necesidad. Es necesario aquello que no puede no ser; es contingente aquello que podría no ser o ser distinto de lo que es. La contingencia no significa, por tanto, ausencia de razón o arbitrariedad, sino ausencia de necesidad intrínseca.
La experiencia común muestra que la mayoría de las realidades que nos rodean son contingentes. Los seres vivos nacen y mueren; las civilizaciones aparecen y desaparecen; incluso los astros tienen un origen y un fin. Nada en su naturaleza exige absolutamente que existan.
La filosofía clásica ve en esta contingencia uno de los signos más evidentes de la dependencia de los seres creados. Si una cosa existe aunque podría no haber existido, su existencia exige una explicación. No puede ser la razón suficiente de su propio ser. Remite, por tanto, a una causa que le confiere la existencia.
Esta reflexión conduce a la distinción fundamental entre esencia y existencia. En los seres contingentes, lo que una cosa es no basta para explicar que sea. La esencia del hombre, del árbol o de la montaña no contiene en sí misma la razón de su existencia. Según santo Tomás de Aquino, esta composición de esencia y existencia constituye una de las marcas fundamentales de la condición creada.
La contingencia desempeña así un papel central en las demostraciones metafísicas de la existencia de Dios. Si todo lo que existe fuera contingente, todavía habría que explicar por qué existe algo en lugar de nada. La serie de los seres contingentes, aun prolongada indefinidamente, no puede proporcionar por sí sola la razón última de su existencia. Conduce, por tanto, a afirmar un ser que existe necesariamente y que posee en sí mismo la razón de su ser.
Este ser necesario no es simplemente un ser más poderoso o más antiguo que los demás; pertenece a un orden completamente diferente. Mientras que los seres contingentes reciben la existencia, el ser necesario es el Ser mismo, aquel cuya esencia consiste en existir. En la tradición metafísica clásica, este ser necesario se identifica con Dios.
La contingencia, sin embargo, no debe entenderse como una imperfección absoluta. Expresa ciertamente una dependencia, pero también una apertura. Precisamente porque los seres contingentes no poseen el ser por sí mismos, pueden recibir, participar y reflejar perfecciones que los trascienden. Su contingencia es, por tanto, la condición misma de su participación en un orden superior.
Esta dependencia confiere a los seres contingentes una auténtica transparencia ontológica. Al no ser su propio fundamento, remiten necesariamente más allá de sí mismos. Su existencia no termina en ellos mismos, sino que señala, como un signo señala su significado, el principio del que proceden. La contingencia no es, pues, únicamente una propiedad lógica o metafísica; posee también un alcance simbólico.
Desde una perspectiva tradicional, la contingencia fundamenta así la dimensión simbólica del cosmos. Lo que es contingente no encuentra en sí mismo su explicación última; remite a algo más allá de sí mismo. Cada ser se convierte entonces en una huella, un vestigio o un símbolo del principio del que depende. El mundo aparece como un tejido de signos cuya inteligibilidad última reside en su fuente trascendente.
Esta perspectiva se relaciona estrechamente con la doctrina de la participación. Los seres contingentes no poseen el ser como algo propio; participan de él según su modo particular. Son porque reciben el ser. Su realidad no es, por tanto, ni ilusoria ni autónoma: es real precisamente porque participa de una realidad superior de la que depende continuamente.
La contingencia permite asimismo comprender el significado profundo de la teofanía. Aunque los seres creados no son Dios, pueden manifestar algo de sus perfecciones. Su belleza, su orden, su verdad y su bondad testimonian analógicamente su fuente. Lo contingente se convierte así en el lugar mismo donde lo Infinito puede revelarse, no por identidad, sino por participación y por símbolo.
El pensamiento moderno ha reducido con frecuencia la contingencia al azar o a lo accidental. Sin embargo, un ser contingente no es necesariamente fortuito. Puede pertenecer perfectamente a un orden inteligible, a una finalidad o a una providencia, permaneciendo al mismo tiempo no necesario en su existencia. La contingencia concierne a la dependencia ontológica de los seres y no a su mayor o menor previsibilidad.
La contingencia aparece así como una de las nociones más fundamentales de la metafísica. Permite comprender la dependencia del mundo respecto de su principio, la distinción entre los seres creados y el Ser absoluto, así como la apertura de toda realidad finita hacia aquello que la funda, la sostiene y la trasciende.
Véase también: Absoluto, Causa, Creación, Esencia, Ser, Existencia, Necesidad, Participación, Principio, Símbolo, Teofanía.
Para saber más
• Aristóteles, Metafísica, libro V.
• Avicena, El libro de la curación (Kitāb al-Shifāʾ), sección de Metafísica.
• Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, I, q. 2, a. 3; De ente et essentia.
• Gottfried Wilhelm Leibniz, Principios de la naturaleza y de la gracia fundados en la razón.
• Étienne Gilson, El ser y la esencia.
• Jean Borella, Metafísica del símbolo (Métaphysique du symbole); La crisis del simbolismo religioso.
• Wolfgang Smith, The Wisdom of Ancient Cosmology.
• Bruno Bérard, ¿Qué es la metafísica? (trad de Métaphysique pour tous, París, L’Harmattan, 2022 ; trad. ingl. Metaphysics for Everyone; trad. it. Sui sentieri della metafisica; trad. al. Was ist Metaphysik? Zwischen Ambition und Wirklichkeit).