Doctora en Filosofía, miembro asociado del CRICES, profesora en el ICES y docente de filosofía en enseñanza secundaria, Sylvie Paillat es autora de la tesis doctoral La Métaphysique du rire (L’Harmattan, 2014), así como de diversos artículos sobre el tema, entre ellos Esthétique du rire, l’intelligence du rire ou la bêtise feinte (Le Philosophoire), L’expérience mystique du rire (Le Portique) y Le rire musical de la Castafiore (Presses universitaires de l’ICES). Asimismo, ha impartido conferencias como Le rire en crise y Le rire médecin. Interesada también por la cuestión animal, dirigió el coloquio Humanité et Animalité : une querelle contemporaine entre spécistes et antispécistes, cuyas actas fueron publicadas por Hermann en octubre de 2023.
¿Por qué la risa ocupa un lugar tan marginal en la historia de la filosofía cuando quizá revele una de las dimensiones más profundas de la existencia humana? En esta entrevista, Sylvie Paillat presenta las intuiciones fundamentales de su obra La metafísica de la risa. En ella muestra cómo la risa, lejos de ser un simple fenómeno psicológico o social, puede convertirse en una vía privilegiada de acceso a las grandes cuestiones metafísicas: el Ser, la conciencia, la finitud, la trascendencia y el significado del Logos. Una reflexión original que invita a repensar la propia filosofía a la luz de una auténtica «risa metafísica».
¿Qué despertó su interés por la metafísica?
Mi interés por la metafísica nació muy temprano, cuando descubrí la filosofía en mi último año de bachillerato. Ya entonces me apasionaba toda interrogación sobre el origen y los grandes temas del alma, del Ser, de la muerte, de la conciencia, del lenguaje y de la reminiscencia platónica como posible camino que conduce, siguiendo las huellas de las vidas anteriores, hasta el Origen anhipotético, verdadero epicentro de la metafísica. La epistemología y la filosofía política, por el contrario, despertaban mucho menos mi interés, salvo en la medida en que me permitían comprender que, lejos de estar separadas de la metafísica, hunden también sus raíces en esa «ciencia de los primeros principios y de las primeras causas» y en esa «ciencia del ser en cuanto ser» propias de la metafísica y de la ontología aristotélicas.
Al recorrer hoy ese itinerario hasta mis reflexiones actuales y La metafísica de la risa (L’Harmattan, 2014), fruto de mi tesis doctoral, diría que tres razones principales resumen esta atracción duradera.
La primera es el asombro como motor de la investigación metafísica. El asombro nos enfrenta a los límites del conocimiento racional humano ante la alteridad de lo real, ante el misterio del origen y ante el misterio de la vida y de la muerte. La célebre pregunta de Leibniz —«¿Por qué hay algo en lugar de nada?»— resume por sí sola la esencia del asombro metafísico.
La segunda razón reside en el carácter liminar de la metafísica, sugerido por el prefijo griego meta: no sólo «lo que viene después de la física»1, sino también «lo que está más allá», en el sentido platónico de la realidad inteligible. La metafísica contribuye así a establecer una continuidad o una distinción —e incluso un dualismo— entre filosofía y teología, materia y espíritu, cuerpo y alma, lo visible y lo invisible, razón e intuición. Abre, por tanto, la posibilidad de concebir otra dimensión de la realidad, más allá del mundo material y sensible.
Finalmente, la metafísica se caracteriza por su apelación a la trascendencia divina, que el racionalismo y el materialismo occidentales han relegado con demasiada facilidad al ámbito de las ilusiones humanas.
Y, sin embargo, la metafísica no ha desaparecido. Sigue manifestándose en las aspiraciones frustradas de las ideologías progresistas, que buscan con dificultad las huellas de lo eterno en la energía sostenible, la pureza en el ideal ecológico de la huella de carbono cero, la inmortalidad —e incluso la negación de la condición humana— en el transhumanismo, o la perfección moral en el «imperio del Bien» que cierta filosofía de la inmanencia pretende instaurar, invocando en particular a Levinas, para quien «el deseo metafísico no aspira al retorno, pues es deseo de una tierra en la que no nacimos (…)».2
En definitiva, la metafísica, entendida como interrogación sobre el Ser, el alma y Dios —una interrogación que no admite respuesta definitiva—, sigue siendo un contrapunto indispensable para evitar el escollo del dogmatismo, incluso en sus formas nihilistas. La filosofía occidental padece ese dogmatismo desde que se limitó exclusivamente a la dimensión horizontal de la existencia humana y de la vida, de donde nacieron las ideologías como simples sucedáneos de la auténtica creencia.
Sin duda era necesario cuestionar los ideales trascendentales de la metafísica clásica, que había pretendido constituirse como una ciencia siguiendo el modelo racionalista de las ciencias experimentales. La crítica kantiana mostró, en efecto, las pretensiones de la razón de querer conocerlo todo, hasta la esencia nouménica de los fenómenos.
Pero ¿era suficiente esa crítica para rechazar la metafísica como la interrogación fundamental que abre a una dimensión vertical de la realidad? ¿Debemos permanecer confinados en la inmanencia de las filosofías materialistas, fenomenológicas y existencialistas? ¿No existe acaso la necesidad de ir más allá de la fenomenología, a la que una parte tan importante de la filosofía contemporánea continúa considerando como la culminación insuperable del pensamiento filosófico?
Ciertamente, la fenomenología constituye una etapa necesaria en el desarrollo histórico del pensamiento filosófico. Al ocuparse del simple hecho de que «hay», representa un avance respecto al materialismo mecanicista de la ciencia moderna, en la medida en que dirige su atención hacia aquello que es. Sin embargo, como observa Adorno, termina cayendo en la ilusión de una «inmanencia absolutizada»,3 al intentar captar la quintaesencia misma de la aparición del fenómeno, es decir, el encuentro originario entre el fenómeno y la conciencia anterior a toda representación.
La fenomenología, que se complace en lo que Jean Wahl denominó «transdescendencia»,4 está llamada a remontarse nuevamente a la philosophia prima, regresando a la metafísica como «ciencia de los primeros principios». De lo contrario, corre el riesgo de quedar atrapada en la inmanencia, de no renacer de sus propias cenizas y de disolverse en ese discurso militante que, desde Sartre, ha transformado con demasiada frecuencia la filosofía en compromiso político, cuando debería conservar la distancia crítica propia de toda auténtica investigación mediante el ejercicio de la duda.
Debe, pues, retomando la célebre expresión de Kant, «despertar de su sueño dogmático», esta vez recuperando el cuestionamiento metafísico del que originalmente nació.
¿Qué autores, en este ámbito, han ejercido sobre usted una influencia duradera?
Ante todo, Platón y Descartes, por su concepción de la elevación del alma y de la trascendencia hacia la que la metafísica nos prepara; en particular, el Libro VII de la República y las Meditaciones metafísicas, más precisamente la Tercera Meditación, con su demostración racional de la existencia de Dios a partir de la idea de infinito que habita en nuestra finitud humana.
En el caso de Platón, la alegoría de la caverna permite concebir dos órdenes distintos de realidad: el sensible y el inteligible. Sus respectivas naturalezas parecen incluso oponerse. El primero es múltiple, está sujeto a las vicisitudes del tiempo y, por tanto, es mortal. Define tanto nuestra existencia como la del mundo material y sensible. El segundo es inmutable, eterno, inteligible, es decir, espiritual y racional. El neoplatónico Plotino, en las Enéadas, lleva el pensamiento de Platón a su culminación mediante la doctrina de las tres hipóstasis: el Uno, el Alma y el Intelecto. El Uno, como fuente luminosa de la que procede la multiplicidad y hacia la que todo converge y finalmente retorna, hace posible concebir la armonía entre el alma y el cosmos.
Aristóteles, en su esfuerzo por concebir una nueva forma de trascendencia a partir de la realidad física, constituye igualmente una de las principales referencias de La metafísica de la risa, junto con Martin Heidegger. Este último mostró cómo la cuestión del Ser ha sido progresivamente ocultada por la racionalidad filosófica, especialmente desde Aristóteles. En ¿Qué es metafísica?, el lenguaje poético ofrece, además, una posibilidad ontológica de expresar aquello que escapa al concepto, del que nos hemos ido alejando a medida que el Logos —discurso sobre el discurso— se constituía separándose de la palabra literaria y del relato mítico. La poesía permite así reencontrar la dimensión mística del Ser. Aquello de lo que no puede hablarse —y que constituye, al menos en parte, el propio ámbito de la metafísica— no debe por ello reducirse al silencio; puede expresarse a través de la poesía.
Paradójicamente, también me han inspirado profundamente los filósofos que criticaron la metafísica, comenzando por Nietzsche, quien cuestiona ese mundo ilusorio del «más allá» representado por la realidad inteligible platónica. Denuncia, sobre todo, la huida del ser humano hacia el idealismo, donde busca un consuelo frente a la dureza de lo real. De ahí la necesidad de desenmascarar ese «trasmundo» mediante la gaya ciencia, de la que la risa es una de las expresiones más características.
Finalmente, está Clément Rosset, quien, siguiendo la estela de Nietzsche, considera la metafísica —al igual que toda forma de ilusión imaginaria e ideológica— como un «doble de lo real». Su propósito consiste en atribuir un sentido a aquello que carece de él: la insoportable insignificancia de lo real para la razón humana. La «risa exterminadora» de la que habla en La lógica de lo peor constituye igualmente una manera de aceptar esa insignificancia. Es una posible voz —y también un camino— hacia una alegría arraigada en la dimensión trágica de la existencia.
¿Qué la llevó a dedicarse a la redacción de este libro?
Todo comenzó con el encuentro entre dos palabras aparentemente irreconciliables: metafísica y risa. Mi propósito era reunirlas mostrando que existe una metafísica de la risa: no una risa entendida como simple manifestación fisiológica, sino como expresión de una inteligencia crítica capaz de devolvernos la máxima distancia respecto de nuestra propia condición humana. Una risa que une el humus, del que nace la humildad de cierta forma de reír, con la seriedad conceptual de los cielos de la metafísica.
Así, lejos de ser la antagonista de la metafísica —cuya esencia reside en las cuestiones del Ser, del alma y de Dios—, la risa brota de la propia metafísica como una fuerza capaz de transmutar los humores, como una auténtica «energía espiritual». Al oscurecer el alma como origen de la razón —y, con ella, el propio corazón de la metafísica, que Descartes identifica precisamente como la raíz del árbol de la filosofía—, el pensamiento moderno ha oscurecido al mismo tiempo la risa como contraparte de la razón puramente racional. De este modo, ha rechazado reconocer que la risa pueda convertirse ella misma en una risa de la razón: una risa metafísica, incluso una risa divina.
¿Qué pretende demostrar en este libro?
Mi propósito ha sido repensar toda la metafísica occidental a la luz de la risa, ese interlocutor íntimo del Logos, cuya relación turbulenta con él ha terminado por conducir a que ambos se excluyan mutuamente. Recorriendo las grandes épocas y los momentos decisivos de la evolución del pensamiento filosófico occidental, examino así el lugar y la función que se ha atribuido a la risa a lo largo de su historia. Este trabajo, sin embargo, no pretende ser una contribución a la historia de la filosofía en sentido estricto. Más bien, la historia de la filosofía constituye el marco desde el cual analizar las sucesivas transformaciones del pensamiento filosófico y, finalmente, concebir la rehabilitación progresiva de la risa dentro del discurso filosófico.
La risa desempeña, por consiguiente, un papel crítico fundamental en la historia de la racionalidad occidental a través de una sucesión de crisis de la risa, síntomas de la crisis entendida a la vez como esencia y como fuerza dinámica del pensamiento metafísico occidental. Una de las principales crisis de la razón de las que la risa da testimonio es la propia crisis de la metafísica: el derrumbe de los ideales trascendentales que hizo posible, de manera progresiva, tanto el surgimiento de una fenomenología de la risa como su rehabilitación gradual en el discurso filosófico.
En La metafísica de la risa me propongo, por tanto, repensar la identidad misma de la filosofía, constituida a partir del Logos, interrogando su esencia más profunda. Esa identidad fue adquiriendo progresivamente una forma trágico-melancólica en el seno de una metafísica que excluyó la risa. En consecuencia, la seriedad filosófica terminó definiéndose casi exclusivamente como aquello que no provoca la risa. La metafísica de la risa propone precisamente lo contrario: redefinir la seriedad como aquello que sí provoca la risa, porque la risa es, en sí misma, la manifestación de la finitud humana, arraigada en la conciencia de la muerte y del fracaso inevitable inherente a la condición humana. Existe, por tanto, una auténtica seriedad de la risa. Más aún, la risa constituye quizá la manifestación más seria de la humanidad, precisamente porque nace de la conciencia de nuestra finitud y del fracaso inseparable de ella.
Lejos de quedarse en la mera constatación existencial de ese fracaso —constatación que podría terminar avalando la posición nihilista de una risa de la burla absoluta o de una risa festiva y superficial, última expresión de la trayectoria trágico-melancólica del pensamiento occidental que rechaza al mismo tiempo la metafísica, la existencia, el conocimiento y los valores fundados en la razón—, mi propuesta consiste, por el contrario, en comprender la risa como la reactivación de un Logos occidental que ha recuperado su alma y que sigue siendo una fuente viva de creatividad.
Finalmente, la fuerza sublimadora de la risa nos invita a restituirle el lugar que le corresponde dentro del Logos, mostrando que, en realidad, ha estado presente desde los mismos orígenes de la filosofía en la antigua Grecia. Devolver a la risa su verdadero lugar y su auténtica función significa, por tanto, proponer una nueva manera de pensar la filosofía: ya no desde un paradigma trágico-melancólico, sino desde un paradigma tragicómico. Sólo bajo esta condición puede hablarse, con pleno derecho, de una metafísica de la risa.
Así, de tà metà tà physiká emerge tà metà tà geloia.

Notas
- Andrónico de Rodas, editor de las obras de Aristóteles, dio el nombre de tà metà tà physiká («los libros que vienen después de la Física») a los tratados situados tras la Física, por razones de orden editorial.[↩]
- Emmanuel Levinas, Totalidad e infinito. Ensayo sobre la exterioridad.[↩]
- Theodor W. Adorno, Dialéctica negativa.[↩]
- Concepto desarrollado por el filósofo Jean Wahl para designar la exploración de la subjetividad y del mundo natural, en contraste con la «transascendencia».[↩]