Jean-Paul Coujou, filósofo, profesor honorario del Instituto Católico de Toulouse y profesor honorario en Khâgne, catedrático de clase excepcional, miembro del Instituto Michel Villey, ha publicado una treintena de obras, entre ellas Pensamiento del ser y teoría política. Le moment suarézien, Premio Charles Lévêque de metafísica, otorgado en 2012 por la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Tras haber sido profesor invitado en la Universidad de las Islas Baleares en España y en la de São Paulo en Brasil, actualmente es profesor invitado en 2026 en la Universidad Panamericana de México.
Este artículo propone una relectura de la historia de la metafísica a partir de su articulación constitutiva con lo político. Al poner de manifiesto un origen común entre el discurso sobre el ser y el del ser-en-común, Jean-Paul Coujou elabora una perspectiva «ontopolítica» que busca superar su separación moderna. La metafísica aparece así como inseparable de las condiciones históricas, jurídicas y comunitarias de la existencia humana, abriendo hacia una ontología política en la que teoría y práctica, ser y comunidad, tienden a converger en una misma inteligibilidad de lo real.
- ¿Qué despertó su interés por la metafísica?
- ¿Cuáles son los autores en este ámbito que han ejercido sobre usted una influencia duradera?
- ¿Cuáles son los problemas metafísicos que le interesan profundamente?
- ¿Qué le llevó a sumergirse en la redacción de este libro?
- ¿Qué busca mostrar en este libro?
- ¿Encontró dificultades particulares? ¿Qué balance hace de este trabajo de escritura?
- Notas
¿Qué despertó su interés por la metafísica?
El punto de partida de mis trabajos (ya se refieran a la Antigüedad, la Segunda escolástica, la Escuela del derecho natural, el Siglo de las Luces…) de un interés por la metafísica es inseparable de una reinterpretación del significado originario de la filosofía, de su descomposición en Philia y Sophia: Philia remite a la omnipresencia de lo político y a la interacción entre los hombres, y Sophia expresa una exigencia teórica y práctica que solo tiene sentido y valor en relación con un horizonte comunitario y con un ser-en-común. En el origen de la interrogación sobre el ser y sobre el modo de ser juntos aparece un punto de convergencia: el advenimiento del Logos, condición de posibilidad de la revelación del ser a sí mismo y de la búsqueda de un fundamento del ser-en-común. Si, en un primer momento, este punto de anclaje no se presenta como una mera coincidencia, el destino de la ontología estaría en consecuencia estrechamente ligado al del político. Las diferentes figuras que expresan la especificidad de sus relaciones quedan, por tanto, por determinar.
A partir de ahí, me parecía necesario explicitar el contenido del olvido de tal articulación en la constitución de la historia de la metafísica. Se trataba de determinar en qué medida era posible y legítimo, a la luz del desarrollo de la metafísica, escribir una historia política de la ontología. Es precisamente la constatación de un origen común en el despliegue del campo de la interrogación ontológica y del campo de la interrogación política lo que motivó un reexamen de la historia de la metafísica. Esto debía permitir proponer un enfoque de la unidad sistemática de la filosofía a partir de la exposición de dos temas directores del pensamiento: el discurso sobre el ser y el discurso sobre el ser-en-común. En función de una confrontación con el discurso metafísico, convenía aclarar si para la ontología estricta había exterioridad respecto de la filosofía política o vínculo con aquello que podría constituir su culminación. ¿Y la filosofía política se nutre a su vez de aquello que le resiste en su aparente irreductibilidad, a saber, el discurso sobre el ser? Volver a la metafísica permitía así no solo poner de relieve las variaciones del contenido y de los significados de la ontología y de lo político, sino también preguntarse si lo político debía estar subordinado a un pensamiento del ser y si es con el discurso sobre el ser como comienza la racionalidad política.
¿Cuáles son los autores en este ámbito que han ejercido sobre usted una influencia duradera?
Por una parte, evidentemente, la obra de Suárez (1548–1617) y en particular las Disputationes Metaphysicae (1597), momento decisivo que expresa una Aufhebung respecto de la herencia aristotélica y un punto de inflexión hacia la modernidad, han constituido una referencia fundamental en mi trayectoria. Ha ilustrado un ejemplo emblemático (entre otros) de lo que trataba de poner de manifiesto: una lectura ontopolítica de la metafísica. Originariamente, la lectura de Leibniz, Schopenhauer y Heidegger me permitió descubrir indirectamente la obra de este autor de la Segunda escolástica y determinar posteriormente sus influencias, en particular en la filosofía del siglo XVII, en la Escuela del derecho natural y en la Schulmetaphysik.
Por otra parte, con anterioridad a todo examen de la Escuela de Salamanca y de la Segunda escolástica, el objetivo de mi trabajo consistió en poner de relieve, a partir de tres fases significativas de la historia de la metafísica [1) la ontología de la esencia como fundamento de lo político (Platón) y la ontología de la phusis en su proceso de creación de un espacio específico de lo político (Aristóteles), 2) la descomposición de la ontología clásica como condición de la promoción de la teoría política (Hobbes) y la conversión de una ontología de la sustancia en una metafísica política (Spinoza), 3) la crítica de la metafísica y la constitución de una política de la finitud (Rousseau, Kant)], el sentido y los límites de una historia política de la ontología. El discurso sobre el ser, en su génesis y en las formas sucesivas en que se encarna (ontología de la Idea, de la sustancia, …), encuentra su cumplimiento en el discurso que presupone: el del ser-en-común. Y este último encuentra su garantía última en la ontología o se ve entonces condenado a producir una nueva ontología en el mismo momento en que pretende rechazarla.
Parecía que un modo de presentar el desarrollo histórico de la filosofía política no podía prescindir de su referencia a los presupuestos ontológicos que la acompañan. Las cuestiones del estado de naturaleza, del derecho natural y del derecho de naturaleza, de la ley natural y de la sociabilidad, en el examen de sus variaciones sucesivas, rechazan el encierro de un pensamiento del ser en la metafísica. Son las huellas que portan la posibilidad del desconocimiento de la relación entre el discurso sobre el ser y el discurso sobre el ser-en-común. Se trataba de preguntarse qué debía ser la interrogación ontológica para que no pudiera prescindir de su referencia a la filosofía política.
Tal interdependencia es legítima, en primer lugar, solo si se reconoce el movimiento de realización histórica de la dimensión comunitaria y ética del Logos. Así, la conversión del Logos en ratio en el marco de la problemática de una mathesis universalis constituye el punto de anclaje de la formación y de la fundación de la filosofía política moderna.
En segundo lugar, conviene atribuir al pensamiento del ser un alcance lógico-práctico. Esto permite renovar el examen del campo de la práctica poniendo de relieve, por ejemplo, las formas políticas que su discurso puede adoptar. En tercer lugar, si el proceso político y el proceso ontológico son idénticos, entonces ser-en-común y ser son una misma cosa. Una historia política de la ontología se vuelve entonces legítima solo a partir del movimiento de síntesis que constituiría su culminación: una ontología política. La prolongación que puede derivarse es la siguiente: la exposición del movimiento de la metafísica hacia una ontología política. Esta última comprende la metafísica, pero no se deja comprender en la metafísica. Debe decirse entonces que la cuestión del ser no constituye un tema agotado por la metafísica, sino que se inscribe más allá de lo que la metafísica puede decir de él.
¿Cuáles son los problemas metafísicos que le interesan profundamente?
La línea directriz de mis investigaciones ha sido y sigue siendo la explicitación de lo que podría ser una lectura ontopolítica de la historia de la metafísica. Es inseparable de la determinación del sentido del vínculo entre teoría y práctica. Se trata de presentar la ontología política como portadora de un sistema de interpretación del discurso metafísico que somete este último a la prueba de la razón y de la historia. Le corresponde abrir la historia de la metafísica a su reverso, que la estructura y constituye su hilo conductor. Por las filiaciones y las diversas modalidades de articulación entre el discurso sobre el ser y el discurso sobre el ser-en-común que pone de manifiesto, constituye un medio de desciframiento e interpretación del desarrollo de la reflexión filosófica. Hace aparecer lo político como el marco universal a partir del cual se focaliza la práctica constitutiva del ser-en-común y del ser del hombre. Por su función hermenéutica y descriptiva, permite dar cuenta del sentido de ser de las comunidades, así como de las realidades sociohistóricas como la ideología, el proyecto comunitario, el derecho, el poder, la ley y el fundamento del Estado.
¿Qué le llevó a sumergirse en la redacción de este libro?
Mi última obra, Posteridad de Suárez. Política, historia y metafísica1 se inscribía en la continuidad de las investigaciones anteriores relativas a la Segunda escolástica. Pretendía mostrar la huella persistente, manifiesta o reprimida, tanto en el orden metafísico como en el político, del pensamiento de Suárez en autores tan diferentes en sus perspectivas filosóficas como Grocio, Spinoza, Hobbes, Leibniz, Locke, Berkeley, Rousseau, Kant, Schopenhauer y Heidegger. En cierto sentido, hay una actualidad de Suárez, un autor intempestivo… Tal paralelo permitía establecer vínculos entre tradición y modernidad al tiempo que explicitaba las rupturas y los giros conceptuales en el corazón de la evolución de la reflexión política y metafísica. Puede decirse que una exigencia de sentido, inseparable de todo ejercicio de la razón, estaba en el origen de tal investigación.
¿Qué busca mostrar en este libro?
El objetivo era el siguiente: la obra de Suárez permitía así, al analizar su influencia proteiforme en la modernidad, revelar su actualidad persistente en la constitución de la ontología política de los modernos. Se abre un camino para investigar qué tipo de libertad tienen derecho a esperar los hombres a la luz de su razón y de su finitud. La libertad política debe en adelante pensarse bajo la égida del derecho y de la ley, de modo que cada uno encuentre en ella realizado el derecho a tener derechos, lo que constituiría un objetivo metafísico y ético del Estado, es decir, una manera de responder en la práctica a la finitud y a las debilidades de la existencia humana. El dominio de la naturaleza, tal como se anuncia en el siglo XVII por una ciencia matemática de lo real acompañada del poder técnico, es inseparable de la búsqueda de un dominio de la historia, pero siempre remitido a sus propios límites, es decir, al respeto de la humanidad del ser humano. Es precisamente a esto a lo que podía reconducirnos la relación entre ontología y lo político —por tanto, a una historia de la metafísica como ontopolítica— tal como era desarrollada por la obra de Suárez.
¿Encontró dificultades particulares? ¿Qué balance hace de este trabajo de escritura?
Todo trabajo de escritura se enfrenta a esta paradoja: no está terminado cuando está objetivamente terminado; lo está cuando se decide que está concluido. Debe aceptarse en sus lagunas, sus ignorancias, sus indeterminaciones y sus puntos ciegos. La obra monumental de Suárez, por su saber enciclopédico, sitúa a su lector ante un conjunto de conceptos y un dominio magistral de la historia de la metafísica que no puede sino intimidarlo. Este último trabajo estaba destinado a mostrar la huella indeleble de su pensamiento en los dos siglos de historia de la metafísica que siguieron. Eso es precisamente lo que constituía su dificultad.
Notas
- Cf. Jean-Paul Coujou, Posteridad de Suárez. Política, historia y metafísica, Domuni-Press, 2026.[↩]