La expresión de Aldo La Fata, extraída de una conversación reciente, puede resultar sorprendente en ciertos círculos académicos. Sin embargo, los fundamentos de la metafísica avalan tal fórmula.

Ya, como lenguaje, la metafísica propone el más transparente a la inteligencia, de modo que los conceptos son los más últimos, sin posible interpretación posterior, con, sobre todo, el único fin de que la mente pase del concepto a la cosa concebida y, así, del concepto al silencio. Gracias a la expresión última de las cosas, podemos pasar de lo concebible a lo inteligible. Se trata de una superación en el sentido de que lo concebible mantiene separados al sujeto pensante y a la cosa pensada, mientras que lo inteligible unifica, por así decirlo, al pensante y a la cosa pensada. Tal experiencia, tan común que no siempre es distinguible, conduce de facto al silencio señalado, un silencio más allá de las palabras y de los conceptos asociados, no pudiendo recaer en el ámbito de lo expresable concebible, ese, por así decir, «escindido», del sujeto y del objeto concebidos.

Por supuesto, esta experiencia de lo inteligible no es en modo alguno una unificación ontológica, sino simplemente una identidad cognitiva: la inteligibilidad de lo real está unida a la inteligencia, que es el sentido de lo real, del mismo modo que lo salado sólo tiene sentido para el paladar. Esta receptividad fundamental de la inteligencia es el espejo (speculum en latín) en el que se reflejan las Ideas (Platón) y por eso la inteligencia entra «por la puerta» o «desde fuera» (Aristóteles).

Ahora bien, si estamos dispuestos a considerar la tripartición humana: cuerpo-psique-espíritu, vamos a intentar mirar más allá de la psique, en la que acabamos de distinguir la razón que maneja los conceptos de la inteligencia que está abierta a lo inteligible, que por tanto va más allá de ella, por no decir que la trasciende.

Antes de llegar ahí, hay que volver a las dos opciones de la observación y la búsqueda de causas. En el primer caso, se establece la existencia de la materia física, se supone que su causa es incognoscible y se deduce que la materia produce sus complejificaciones progresivas sui generis. Ahora bien, no podemos deducir de una causa incognoscible que no existe, ni negarnos a buscar causas, siendo la ciencia, por definición, «conocimiento a través de causas». En el otro caso, estamos de acuerdo en que todo lo que existe está regido por un principio que le es superior y que posee necesariamente todas las cualidades que pueden aparecer. En palabras de Aristóteles, las cosas son potenciales antes de poder actualizarse. Para el fundador de la ciencia, la causa primera es tan evidente como lo que es, y la metafísica es la ciencia de la que éstos son los dos objetos.
Si seguimos el camino de las causas (y de una o de la causa), llegamos, con Platón, a una jerarquía del conocimiento distinguiendo el que maneja los conceptos y el razonamiento hipotético-deductivo por la razón discursiva -llama a este conocimiento dianoia- del conocimiento intuitivo por ascensión dialéctica del intelecto -que llama noèsis- ; En otras palabras, lo inteligible, lo semántico, que recibimos en el intelecto sin poder generarlo nunca por nosotros mismos, es un mundo más allá del mundo concreto, del que éste depende. Al ojo «externo», que busca la causa del mundo físico que encuentra (Aristóteles), responde el ojo «interno», que descubre lo recibido por su intelecto, el cual, por su capacidad de recepción, parece funcionar «por recuerdo» (Platón).
Del mismo modo que cualquier cosmología nunca puede ser más que un «mito verosímil» (Platón), todas las culturas humanas (África, América, Europa, Asia, etc.) han desarrollado mitologías, o incluso metafísicas, de esta causa del mundo.
Las religiones, que llaman Dios a esta Causa según sus propias «revelaciones», también han formulado metafísicas de este Origen y de los fines asociados, ya sea en términos de vida terrenal o de perspectivas escatológicas individuales y colectivas. Aquí, el lenguaje metafísico toma la forma de la religión que lo desarrolla, y estas metafísicas, como tales, convergen poco, aunque el enfoque metafísico, a contrario, sea común a todas ellas. Lo metafísico y lo sobrenatural se unen -lo sobrenatural, que debería llamarse lo ante-natural, es decir, lo que precede a la naturaleza, mientras que lo metafísico está ciertamente «más allá» de lo físico, pero también «después» («meta» tiene muchos significados), en el sentido de que lo metafísico se determina después de que se haya descubierto lo físico.

La mención de lo sobrenatural -lo que se asemeja a lo metafísico- nos permite volver a esta tripartición humana: cuerpo-psique-espíritu. Este espíritu, que en el cristianismo algunos han llamado «punta del alma» u otros «Espíritu del Padre y del Hijo y nuestro» (San Agustín) u otros que es «increado e increable» (Maestro Eckhart), es muy distinto de la psique, en la que hemos distinguido anteriormente la razón y la inteligencia. Por otra parte, es análoga en términos de pura receptividad: no manipulamos las fuerzas espirituales; en el cristianismo, en particular, decimos que el «Espíritu sopla donde quiere» (Jn III, 8), aunque haya sido prometido a todos desde todos los tiempos: «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos e hijas se convertirán en profetas» (Jl III, 1 – Joel es del siglo V o VII a.C.).
Si Él está dispuesto a «respirar», entonces podemos hablar de pneumatización (o espiritualización) del intelecto. En términos de conocimiento, hablamos de gnosis. Lo inteligible y la noesis a él asociada son ya difíciles de expresar sin caer de nuevo en lo conceptible, por lo que la metafísica se ha convertido en el lenguaje del silencio, o más bien en el lenguaje del silencio. ¿Qué podemos decir entonces del lenguaje de un intelecto pneumatizado?
Tomás de Aquino, cuya obra «intelectual» es colosal e inigualable, podría decir que es paja comparada con la gnosis, de la que no diría nada.

Así pues, si la metafísica es el lenguaje del silencio, es porque desaparece por sí misma una vez que nos ha llevado al mundo de lo inteligible. Allí, ya no hay un sujeto per se manipulando conceptos lingüísticos, sino esta unión cognitiva que ya no tiene palabras porque se han vuelto inútiles. Allí, en la esperanza de un soplo del Espíritu, apenas queda nadie. Si el Aliento es operativo, entonces hay una relación pura de contemplación, y esta relación tiene primacía sobre el contemplador y el Contemplado.