Fabio R. Llorella es doctor en Ingeniería Informática, licenciado en Derecho y en Física, y actualmente estudiante de Filosofía (UNED, España).
¿Puede transcurrir el tiempo cuando no se produce absolutamente ningún cambio?
Esta pregunta, que está en el centro del famoso experimento mental de Sydney Shoemaker, nos lleva a distinguir la medición del tiempo de su propia esencia. Al retomarla, Fabio R. Llorella Costa muestra que la hipótesis de un «tiempo sin cambio» tal vez ya presuponga lo que pretende demostrar. Una reflexión clara y rigurosa que te lleva del análisis lógico a una reflexión propiamente ontológica sobre la naturaleza del devenir.
La cuestión planteada por el experimento mental de Shoemaker
¿Qué es el tiempo? La aparente sencillez de esta pregunta contrasta con la dificultad que encontramos cuando intentamos responderla. En nuestra experiencia cotidiana, el tiempo se presenta estrechamente unido al movimiento y a la transformación. Advertimos que el tiempo ha transcurrido porque algo ha cambiado: la posición del Sol, las manecillas de un reloj o la propia disposición de los objetos que nos rodean. Sin embargo, esta asociación intuitiva entre tiempo y cambio no resuelve por sí sola la cuestión metafísica acerca de qué es realmente el tiempo. Podemos preguntarnos si el tiempo está producido por el cambio o si, por el contrario, constituye una realidad independiente dentro de la cual tienen lugar los acontecimientos. En otras palabras: ¿continúa existiendo el tiempo cuando no se produce ningún cambio?
Antes de elaborar una teoría general sobre la naturaleza del tiempo, este articulo se propone responder a una cuestión más limitada, ¿puede existir un intervalo temporal durante el cual no se produzca absolutamente ningún cambio?
Muchos filósofos han intentado responder a esta pregunta. Entre ellos se encuentra el filósofo estadounidense Sydney Shoemaker, quien formuló en 1969 uno de los experimentos mentales más conocidos contra la identificación entre tiempo y cambio. Su objetivo era mostrar que podemos concebir racionalmente la existencia de tiempo sin cambio.
Para defender esta posibilidad, Shoemaker nos invita a imaginar un mundo dividido en tres regiones distintas, denominadas A, B y C. Estas regiones se encuentran comunicadas entre sí y están habitadas por personas capaces de observar lo que sucede en las demás regiones. En este mundo imaginario se produce una anomalía: cada cierto tiempo, una de las regiones queda completamente congelada durante un año. Durante ese periodo no ocurre ningún cambio en la región paralizada. Las personas que viven en las otras regiones pueden observar que allí no se produce ningún acontecimiento. Transcurrido el año, la región paralizada recupera su actividad normal y sus habitantes vuelven a interactuar libremente. Sin embargo, la situación les resulta extraña, pues las demás regiones han seguido evolucionando mientras ellos permanecían congelados. Las paralizaciones se producen periódicamente en las distintas regiones. Hasta este punto no nos encontramos todavía ante un caso de tiempo sin cambio, ya que, siempre que una región permanece congelada, las otras regiones continúan activas. Sin embargo, imaginemos ahora que las zonas se paralizan siguiendo el siguiente patrón: la región A se congela cada tres años, la región B cada cuatro años y la región C cada cinco años. De este modo, cada sesenta años las tres regiones quedan paralizadas simultáneamente durante un año.
Shoemaker considera que ahora disponemos de aquello que buscábamos, un mundo en el que existe un periodo de tiempo sin cambio y cuyos habitantes pueden predecir que ese periodo se ha producido.
El experimento mental trata, por tanto, de demostrar que podemos tener razones racionales para creer en la existencia de un intervalo temporal durante el cual no se ha producido absolutamente ningún cambio. Si esta conclusión fuese correcta, el cambio no sería una condición necesaria para la existencia del tiempo. El tiempo podría continuar transcurriendo incluso cuando el universo entero permaneciese completamente inmóvil.
El argumento utilizado por Shoemaker es filosóficamente elegante y obliga a distinguir entre dos cuestiones que no deben confundirse, la posibilidad de medir el tiempo y la posibilidad de que el tiempo exista. A continuación voy a mostrar que el experimento planteado por Shoemaker no logra demostrar la existencia del tiempo sin cambio. Incluso si concedemos que el tiempo pudiera existir como una realidad ontológica independiente de nuestros instrumentos de medición, su transcurso tendría que introducir alguna diferencia real en la totalidad de lo existente.
Primera objeción: medir no es demostrar la existencia
La primera dificultad del experimento afecta a la duración concreta que se atribuye a la paralización global. Mientras solo una región permanece paralizada, sus habitantes pueden recurrir a las otras dos como sistemas de referencia. Pueden preguntar cuánto tiempo ha transcurrido y comparar su estado anterior con el estado posterior del resto del mundo. En cambio, cuando las tres regiones se paralizan simultáneamente, desaparece toda referencia física mediante la cual determinar la duración del intervalo. Al reanudarse la actividad, los estados situados inmediatamente antes y después de la paralización podrían conectarse sin que existiera ningún proceso intermedio capaz de establecer cuánto tiempo ha transcurrido.
Shoemaker sostiene que, como las paralizaciones particulares han durado regularmente un año, resulta razonable inferir que la paralización global también posee dicha duración, es decir, el conocimiento temporal proviene de nuestra experiencia pasada. Sin embargo, la regularidad anterior no parece suficiente para determinarla necesariamente, durante la ausencia absoluta de cambio, cualquier duración sería compatible con los estados observables. Podríamos afirmar que ha transcurrido un año, diez años o un millón de años, no existiría diferencia observable alguna entras las afirmaciones temporales. Esto nos esta indicando que la duración atribuida al intervalo global no puede verificarse mediante ningún proceso interno del mundo imaginado. Ahora bien, debe aceptarse la distinción entre medir una realidad y demostrar su existencia. Que algo no pueda ser medido no implica necesariamente que no exista. Por tanto, sería insuficiente identificar el tiempo con la imposibilidad de medir sus intervalos.
Los seres humanos medimos intervalos temporales recurriendo a procesos regulares ya sea la rotación de la Tierra, las oscilaciones de un péndulo o las transiciones atómicas. Todos estos procesos no tiene por qué ser el tiempo mismo, son cambios que utilizamos como patrones para comparar otros cambios. Shoemaker podría sostener que, aunque todos los relojes dejaran de funcionar y desapareciese toda posibilidad de medir una duración, el tiempo continuaría existiendo. De acuerdo, concedamos provisionalmente esta posibilidad. Imaginemos que el tiempo es una realidad ontológica independiente, una estructura real que existe aunque ningún ser humano la perciba y aunque ningún proceso físico permita medirla.
La cuestión fundamental deja entonces de ser epistemológica, ya no preguntamos cómo sabemos que ha transcurrido el tiempo, sino qué significa ontológicamente que haya transcurrido. Imaginemos que denominamos tn al primer momento de la paralización de las regiones A, B y C y tn+1 a un momento posterior. Si entre ambos no acontece absolutamente ningún cambio, el estado total de la realidad es idéntico, S(tn) = S(tn+1), la dificultad consiste en explicar qué fundamento permite afirmar que tn y tn+1 son realmente dos momentos distintos. No basta con asignarles nombres diferentes, pues aquello que debe justificarse es precisamente que exista una pluralidad real de instantes y no una mera duplicación conceptual de la misma configuración. Podría responderse que tn y tn+1 ocupan posiciones distintas dentro de un tiempo sustantivo, de la misma manera que dos puntos espaciales son diferentes aunque posean propiedades cualitativas idénticas, dos momentos podrían ser numéricamente distintos por el mero hecho de ocupar posiciones temporales distintas.
La verdadera cuestión es ontológica
Me pregunto que hace que la realidad se encuentre primero en tn y después en tn+1? La dificultad se hace especialmente evidente cuando la paralización debe terminar, para que las regiones se reactiven después de un año, debe existir alguna diferencia entre el inicio, el desarrollo y el final de la paralización. Tiene que haber algo que fundamente que la reactivación todavía no ocurre en tn pero sí ocurre en tn+1. Si existe algún proceso, propiedad o estructura que distingue ambos momentos y determina cuándo debe reanudarse la actividad, entonces debe existir cambio en la totalidad de la propia realidad. El cambio no habría desaparecido, sino que habría sido desplazado hacia la propia estructura temporal. Si, por el contrario, nada cambia en ningún sentido, no existe fundamento para que la paralización termine. El estado paralizado no contiene ninguna condición diferente que pueda producir su reanudación.
Por todo lo dicho, debemos no identificar el tiempo con su medición ni ofrecer todavía una teoría completa sobre su naturaleza. Basta con sostener la siguiente condición: Para que exista un transcurso temporal real, debe existir alguna diferencia ontológica entre los momentos, es decir, la realidad en su totalidad debe cambiar.
Ante esta condición Shoemaker podría llegar a responder que dos instantes pueden ser distintos aunque el contenido del mundo sea exactamente el mimso. Sin embargo, esta respuesta conduce a un dilema, si la diferencia entre tn y tn+1 constituye un hecho real, entonces dicha diferencia pertenece a la realidad total y, en consecuencia, los estados correspondientes no son ontológicamente idénticos. La realidad en tn posee la propiedad de encontrarse en tn, mientras que la realidad en tn+1 posee la propiedad de encontrarse en tn+1. Si, por el contrario, esta localización temporal no forma parte de la realidad, entonces no existe ningún hecho ontológico que fundamente la distinción entre ambos momentos, en tal caso, tn y tn+1 solamente serían dos etiquetas aplicadas a una misma configuración que es absolutamente idéntica. Es decir, las etiquetas de diferenciación no se sustentarían.
El experimento de Shoemaker puede representar una serie de instantes independientes del cambio, pero no demuestra que dicha serie constituya un verdadero transcurso. En realidad, presupone una concepción sustantiva del tiempo y utiliza esa misma presuposición para concluir que el tiempo puede existir sin cambio.