Proporción entre realidades diferentes que permite calificarlas unas por otras, o mediante un término único que conviene a todas en virtud de cierta semejanza. En cierto modo, la analogía se sitúa entre los enfoques catafático y apofático (véanse estas voces).

Es en Santo Tomás de Aquino donde encontramos la teoría clásica de la analogía, que hace posible hablar de Dios sin comprometer su trascendencia ni su incomprensibilidad. Así, los términos que aplicamos a Dios y a las criaturas se usan por analogía de proporcionalidad: decir «Dios es bueno», por ejemplo, no significa lo mismo que decir «esta persona es buena». La bondad de Dios es en Dios como la bondad humana es en el hombre, pero de manera infinitamente superior y perfecta.

La analogía está ligada al ser mismo: Dios es el Ser por esencia, mientras que las criaturas poseen el ser solo de modo participativo y derivado. Revela a la vez distancia y cercanía, separación y comunión. Entre Dios y el mundo no hay ni identidad pura (que sería panteísmo) ni alteridad absoluta (que sería dualismo), sino una semejanza proporcional que fundamenta toda posibilidad de conocimiento y de lenguaje teológico. La analogía expresa, por tanto, el vínculo ontológico entre lo Creado y lo Increado; es la estructura misma de la participación, mediante la cual las cosas finitas remiten al Infinito del que proceden.

Desde este punto de vista, conocer, amar o nombrar a Dios es siempre participar de su Ser en modo analógico: la inteligencia asciende hacia su principio reconociendo en cada perfección creada un reflejo de lo Perfecto. La analogía se convierte así en el lenguaje mismo de la metafísica: un decir que une sin confundir y distingue sin separar.

Para profundizar: Tomás de Aquino, Suma Teológica I, q. 13; Jean Borella, La crisis del simbolismo religioso, II; Bruno Bérard, ¿Qué es la metafísica? (Hypérbola Janus) — edición española de Métaphysique pour tous (París, L’Harmattan, 2021); también traducida al inglés, italiano y alemán.