¿Qué significa filosofar? ¿Buscar la verdad, contemplarla o enseñarla? A partir de una intuición de Jean Borella, este artículo muestra que el acto filosófico comprende tres dimensiones inseparables: la interrogación, la contemplación y la formulación. Toda gran filosofía se construye en la tensión entre estos tres modos, privilegiando a veces uno en detrimento de los otros. Tal perspectiva abre el camino hacia una verdadera metafilosofía: ya no una doctrina particular, sino una reflexión sobre la naturaleza misma del filosofar.
- introducción
- El modo interrogativo: la filosofía como búsqueda
- El modo metafísico: la filosofía como contemplación
- El modo escolástico: la filosofía como formulación
- Una dialéctica constitutiva
- Ejemplos de las grandes filosofías como configuraciones de estos tres modos
- Metafilosofía: hacia una teoría filosófica de la filosofía
- Notas
introducción
Se puede encontrar en Jean Borella el esbozo de una auténtica metafilosofía, es decir, una reflexión sobre las condiciones y las formas de la actividad filosófica misma:
El acto filosófico nos parece comportar tres modos: interrogativo (o heurístico), metafísico (o teorético) y escolástico (o gramatical). El primero es un modo de búsqueda: interrogación; el segundo, de aprehensión de la verdad: contemplación; y el tercero, de enseñanza: formulación. Toda gran filosofía combina estos modos en proporciones variables o tiende a rechazar la validez de uno de ellos en nombre de otro. Ello se debe a que estos tres modos se hallan en tensión dialéctica, encontrando cada uno su límite en los otros dos, pero también su razón de ser. Se trata de una teoría (filosófica) de la filosofía todavía por desarrollar.1
En efecto, el acto filosófico no se reduce ni a la búsqueda, ni a la contemplación de la verdad, ni a su exposición conceptual. Comprende al menos tres momentos o modos fundamentales: el interrogativo, el metafísico y el escolástico. Estos modos no constituyen tres disciplinas distintas, sino tres dimensiones constitutivas de toda filosofía auténtica.
El modo interrogativo: la filosofía como búsqueda
El primer acto del filósofo es el asombro (thaumazein), del que ya hablaban Platón y Aristóteles, e incluso la «sorpresa» de Quine.
Contrariamente a lo que Heidegger pudo pensar, es precisamente el hombre asombrado quien toma conciencia de este supuesto «olvido del ser». El hombre asombrado es aquel ente que posee ya una cierta comprensión del ser: no un conocimiento, ciertamente, pero sí una comprensión implícita de lo que significa «ser». Por ello nos parece particularmente inexacto afirmar que la metafísica sería incapaz de sostener el esfuerzo especulativo de la cuestión del ser, identificando el ser con el ente, o con la sustancia (ousia), o bien con el Ente supremo (Dios), de modo que la ontología («el pensamiento del ser») no haría sino buscar descanso de su esfuerzo especulativo precipitándose en la teología («el pensamiento de Dios»), realizando así lo que sería la esencia misma de la metafísica, su pecado original: la ontoteología (sic).2
Este asombro, «esa capacidad de interrogar una evidencia cegadora, es decir, algo tan evidente que nos impide ver y comprender el mundo más inmediato»,3 es fundacional, pero no nuevo. Lo encontramos ya en Platón: «el asombro es un sentimiento filosófico; es el verdadero comienzo de la filosofía»,4 así como en Aristóteles: «los hombres comenzaron y comienzan a filosofar movidos por el asombro» (Metafísica, A, 2, 983a). La filósofa Jeanne Hersch (1910-2000) siguió este tema desde los presocráticos hasta Jaspers,5 ofreciendo numerosas ilustraciones de su permanente actualidad filosófica.6
Si este asombro es una «evidencia cegadora», es sobre todo porque, como sugiere este oxímoron, nace de la contradicción o de la oposición.7 Además, si el asombro es el reconocimiento saludable de la propia ignorancia, como enseña Aristóteles,8 entonces una fe ciega en la propia luz intelectual constituye precisamente aquello que lo obstaculiza. Si conviene permanecer humildes, es porque «el intelecto viene por la puerta» o «desde fuera».9
Así, la filosofía nace de una herida infligida a la inteligencia por la realidad misma: ¿por qué hay algo en lugar de nada? ¿Qué es la verdad? ¿Qué es el ser? ¿Qué es el bien?
Este modo es heurístico (del griego heuriskein, encontrar). Todavía no posee la verdad: la busca. Las virtudes propias de este modo son necesariamente la apertura, la disponibilidad intelectual y el rechazo de todo dogmatismo.
El «filósofo interrogativo» por excelencia es Sócrates. Su sabiduría consiste esencialmente en no confundir sus opiniones con la verdad. Destruye las falsas certezas para hacer posible un conocimiento auténtico. Sin embargo, este modo entraña un riesgo: el de la interrogación indefinida. La búsqueda puede convertirse en un fin en sí misma y desembocar en el escepticismo. La pregunta sólo existe porque está orientada hacia una posible respuesta.
El modo interrogativo exige, por tanto, su propia superación.
El modo metafísico: la filosofía como contemplación
Toda búsqueda tiende hacia una aprehensión de la verdad; este segundo modo es, por tanto, teorético (theoria), es decir, contemplativo. Ya no consiste principalmente en buscar, sino en ver.
En este modo, la inteligencia alcanza, al menos parcialmente, aquello que buscaba. Capta una verdad que se le presenta como inteligible. La filosofía se convierte entonces en contemplación del ser.
En Platón, este momento corresponde a la visión de las Ideas; en Aristóteles, al conocimiento de las causas primeras; en Plotino, a la intuición del Intelecto; en santo Tomás de Aquino, a la comprensión de los principios del ser. Este modo es propiamente metafísico porque concierne a aquello que fundamenta toda realidad. Aquí se hablará de intuición intelectual, de acceso a los principios y de unificación del saber.
Pero también este modo posee su propio peligro: el de la clausura doctrinal. La contemplación puede degenerar en un sistema autosuficiente. Lo que fue una intuición viva puede convertirse en una construcción abstracta.
La verdad contemplada debe, por consiguiente, permanecer constantemente abierta a la interrogación que la hizo posible.
El modo escolástico: la filosofía como formulación
La verdad captada debe todavía ser expresada; éste es el tercer modo: el de la formulación, la explicitación conceptual y la enseñanza.
Puede llamarse «escolástico», no en el sentido de la escuela histórica, sino como función universal del pensamiento. Toda verdad o pensamiento filosófico debe ser definido, articulado, demostrado y transmitido.
El filósofo se convierte entonces en maestro más que en investigador o contemplativo; y las virtudes propias de este modo son el rigor, la coherencia, la precisión terminológica y la capacidad de comunicación.
Éste es el ámbito privilegiado de las distinciones, las definiciones y la argumentación. Sin ellas, la filosofía permanecería como una intuición privada o una iluminación inefable.
Por supuesto, este modo también entraña su propio peligro: la fosilización. Los conceptos terminan sustituyendo a las realidades que designan. La escolástica se convierte entonces en un lenguaje cerrado sobre sí mismo, olvidando tanto la pregunta viva de la que nació como la verdad que pretendía expresar.
Una dialéctica constitutiva
Estos tres modos no son ni sucesivos ni separables dentro de un auténtico filosofar; constituyen más bien una dialéctica permanente.
En efecto, sin interrogación, la metafísica degenera en dogmatismo y la escolástica en mera repetición; sin contemplación, la interrogación desemboca en escepticismo y la escolástica se reduce a una técnica argumentativa vacía; sin formulación, la contemplación permanece muda y la interrogación queda inconclusa.
Cada modo limita, por tanto, a los otros dos, al tiempo que los hace posibles.
Ejemplos de las grandes filosofías como configuraciones de estos tres modos
La historia de la filosofía podría releerse como una historia de las relaciones entre estas tres dimensiones.
- Sócrates privilegia el modo interrogativo; la pregunta es casi más importante que la respuesta.
- Platón busca un equilibrio entre interrogación y contemplación.
- Aristóteles refuerza la dimensión escolástica sin sacrificar la contemplación.
- Plotino privilegia fuertemente el modo teorético.
- Tomás de Aquino propone una síntesis excepcional de los tres modos.
- Descartes reactiva el momento interrogativo mediante la duda metódica.
- Kant otorga la primacía a la formulación y cierra la reflexión sobre las condiciones del conocimiento.
- Ciertos existencialismos privilegian la pregunta vivida en detrimento de la formulación sistemática.
- Algunas corrientes analíticas exaltan a veces la dimensión gramatical en detrimento de la contemplación.
Metafilosofía: hacia una teoría filosófica de la filosofía
Una perspectiva semejante permitiría definir la filosofía misma no como una doctrina particular, sino como un equilibrio siempre inestable entre la búsqueda de la verdad, la contemplación de la verdad y la comunicación de la verdad.
En otras palabras, la filosofía comienza como pregunta, se realiza como visión y se transmite como discurso. O también: el filósofo es sucesivamente —y simultáneamente— investigador, contemplativo y maestro.
La grandeza de una filosofía podría entonces medirse por su capacidad para mantener viva la tensión entre estos tres polos sin sacrificar uno a los otros: una interrogación que no renuncia a la verdad, una contemplación que no desprecia la razón discursiva y una formulación que nunca se sustituye a aquello que pretende expresar.
Esta tríada podría constituir el núcleo de una verdadera filosofía de la filosofía, análoga a lo que la lógica es para el pensamiento o la estética para el arte.
Cabe señalar además una estrecha correspondencia entre la estructura misma del filosofar y la estructura del espíritu humano: el hombre como buscador (homo quaerens), como contemplativo (homo contemplans) y como maestro o transmisor (homo docens).
Notas
- Penser l’analogie, n.º 3, p. 137.[↩]
- Evidentemente, no seguimos a Heidegger en su reducción de la metafísica a la «ontoteología», según el término que toma de Kant (por ejemplo: Crítica de la razón pura, Ak. III, p. 420; Œuvres philosophiques, «Pléiade», t. I, p. 1239); cf. Bérard (dir.), Qu’est-ce que la métaphysique ?, «Étant ou être, ontologie ou métaphysique», pp. 25-27. Jean-François Courtine (1944), en Inventio analogiae: métaphysique et ontothéologie (París: Vrin, 2005), distinguió «diferentes “edades” de la metafísica […] para poner de relieve las condiciones muy determinadas de su interpretación (arabo-latina) como ontoteología».[↩]
- Cf. Jeanne Hersch, L’étonnement philosophique. Une histoire de la philosophie, París: Gallimard, 1993.[↩]
- Platón, Teeteto, 155d (trad. V. Cousin), París: Bossange, 1824, t. II, p. 74.[↩]
- Los presocráticos, Sócrates, Platón, Aristóteles, los epicúreos, los estoicos, san Agustín, Tomás de Aquino, Descartes, Spinoza, Leibniz, Locke, Kant, Hegel, Comte, Marx, Freud, Bergson, Kierkegaard, Nietzsche, Husserl, Heidegger, Jaspers; cf. L’étonnement philosophique, op. cit.[↩]
- Añadamos a Bertrand Russell (1872-1970): aunque la filosofía «no puede responder a tantas preguntas como desearíamos, tiene al menos el mérito de plantear preguntas que aumentan nuestro interés por el mundo y muestran la extrañeza y el asombro (wonder) que yacen bajo la superficie de las cosas más comunes de la vida cotidiana»; My Philosophical Development, cap. 1, último párrafo. Como observa Isabelle Thomas-Fogiel, el término wonder en Russell corresponde igualmente al significado literal del griego antiguo thaumazein; cf. «Le “réalisme métaphysique” ou Frege et Russell comme expression du réalisme traditionnel», Workshop «Autour de Frege et Russell», Universidad de Ottawa, diciembre de 2012, en línea, p. 11.[↩]
- Véase Métaphysique du paradoxe (L’Harmattan, 2019), cap. II, «Paradojas mundanas», §1.2, «El asombro filosófico distingue el ser del ente».[↩]
- «Percibir una dificultad y asombrarse es reconocer la propia ignorancia», Metafísica, A, II, 14.[↩]
- Aristóteles, Generación de los animales, II, 3, 736a27-b12. «Sólo queda una posibilidad: que el intelecto venga de fuera y que sólo él sea divino» (ibid., II, 4, 737a25). Retomado por Alejandro de Afrodisia, Sobre el alma, 91, 1-2.[↩]