El habitus (del latín habitus, derivado de habere, « tener », « poseer », « mantener ») designa una disposición estable y duradera, adquirida o infundida, que inclina a un ser a actuar de una determinada manera. No se trata ni de un acto particular ni de una simple capacidad pasiva, sino de una cualidad relativamente permanente que perfecciona una facultad y facilita su ejercicio.

En particular

La noción de habitus ocupa un lugar central en la filosofía de Aristóteles y en la teología de santo Tomás de Aquino. Entre la pura potencia y el acto consumado, el habitus constituye una disposición estable que hace posible una determinada actividad. Así, la ciencia es un habitus del intelecto, del mismo modo que la virtud es un habitus de la voluntad o de las facultades apetitivas.

El habitus se distingue de la simple aptitud natural. Una facultad puede poseer la capacidad de actuar sin estar dispuesta a actuar bien. El habitus es precisamente aquella determinación cualitativa que perfecciona una potencia y le permite alcanzar más fácilmente su fin propio. Es, por tanto, un principio de acción arraigado en el sujeto mismo.

Para Aristóteles, las virtudes morales son habitus adquiridos mediante la repetición de actos conformes a la razón. Realizando acciones justas, el hombre se vuelve justo; realizando acciones valientes, se vuelve valiente. El habitus manifiesta así la manera en que los actos modelan progresivamente el propio ser de quien los realiza.

La tradición cristiana retomó y amplió esta doctrina. Junto a los habitus adquiridos existen habitus infundidos, otorgados por Dios. Las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad— no proceden de un simple entrenamiento humano, sino de una participación sobrenatural en la vida divina. Constituyen habitus que hacen al hombre capaz de actuar en orden a un fin que supera sus solas capacidades naturales.

El habitus no debe confundirse con el « hábito » en el sentido corriente de la palabra. Un hábito puede ser puramente mecánico o exterior, mientras que el habitus designa una cualidad interior que transforma realmente la facultad afectada. Afecta a la estructura misma del sujeto y contribuye a su perfección.

Desde una perspectiva metafísica, el habitus revela que el ser no está fijado de una vez por todas, sino que es capaz de crecimiento cualitativo. Entre lo que un ser es actualmente y lo que está llamado a llegar a ser existen disposiciones intermedias que hacen posible su perfeccionamiento. El habitus expresa así la continuidad entre el ser y el obrar: los actos forman el ser, y el ser así formado genera a su vez actos conformes a su disposición.

Esta noción desempeña asimismo un papel importante en la epistemología. Todo conocimiento auténtico presupone ciertos habitus intelectuales que permiten a la inteligencia captar los principios, razonar correctamente y alcanzar la verdad. La educación aparece entonces menos como una acumulación de informaciones que como la formación progresiva de habitus intelectuales y morales.

El habitus puede entenderse así como una « segunda naturaleza ». Sin suprimir la libertad, la orienta y la facilita. Representa la inscripción duradera de una manera de ser en el sujeto, ya se trate de virtud o de vicio, de ciencia o de ignorancia, de perfección natural o de participación sobrenatural.

Para saber más

  • Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro II;
  • Aristóteles, Categorías, VIII;
  • Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, qq. 49–70;
  • Santo Tomás de Aquino, De virtutibus;
  • Étienne Gilson, El tomismo;
  • Josef Pieper, Las virtudes fundamentales;
  • Jean Borella, El sentido de lo sobrenatural;