El metacosmos (del griego metá, « más allá », y kósmos, « mundo », « orden ») designa aquello que trasciende el cosmos sin ser exterior a él como una realidad separada. Remite al orden supracósmico, es decir, a los principios espirituales, inteligibles o divinos de los que procede el mundo y en los que participa. El metacosmos es, por tanto, el más allá del cosmos, no en un sentido espacial, sino ontológico y metafísico.
En particular
La noción de metacosmos aparece cuando se hace necesario distinguir el mundo manifestado de las realidades principiales que lo fundamentan. Si el cosmos designa la totalidad ordenada de las realidades creadas o manifestadas, el metacosmos designa el orden de las causas primeras, los arquetipos, los inteligibles o las realidades espirituales de las que depende el cosmos.
En Platón, esta distinción se encuentra en la relación entre el mundo sensible y el mundo inteligible. El cosmos visible no posee en sí mismo ni su origen ni su razón de ser; participa de realidades eternas que lo trascienden. Las Ideas pueden entenderse así como pertenecientes a un orden metacósmico del cual el mundo sensible constituye una imagen.
El neoplatonismo profundiza esta perspectiva describiendo una jerarquía de realidades en cuya cima se encuentra el Uno, principio absoluto más allá de todo ser determinado. El Intelecto (Nous) y las realidades inteligibles pertenecen igualmente a este orden superior que trasciende el mundo sensible al tiempo que lo fundamenta.
En la tradición cristiana, el metacosmos corresponde ante todo al orden divino. Dios no pertenece al cosmos como uno de sus elementos, aunque fuese el más elevado; es su Creador y su Principio. Los ángeles, las realidades celestiales y las verdades eternas participan también, cada una según su modo propio, de este orden metacósmico. El mundo visible constituye, por tanto, solo un grado de realidad dentro de una creación mucho más vasta.
Desde una perspectiva metafísica, el metacosmos no debe concebirse como « otro mundo » situado en algún lugar más allá del universo físico. Designa más bien una dimensión de profundidad de la realidad. Los principios metacósmicos están presentes en el cosmos como sus causas, modelos y fines, sin estar contenidos en él ni limitados por él.
Esta noción permite superar la alternativa entre un materialismo que reduce la realidad al mundo sensible y un dualismo que separaría radicalmente lo espiritual de lo cósmico. El cosmos participa del metacosmos sin identificarse con él; el metacosmos se manifiesta en el cosmos sin agotarse en él. Entre ambos existe una relación de participación, dependencia y analogía.
La doctrina del símbolo desempeña aquí un papel central. Si el cosmos es simbólico, es precisamente porque remite a un orden metacósmico que le confiere inteligibilidad. Las realidades visibles son signos de realidades invisibles más profundas. El mundo aparece entonces como una teofanía, es decir, como una manifestación de principios que lo trascienden.
El metacosmos constituye así el horizonte propiamente metafísico de la realidad. Designa el orden de las causas, los arquetipos, los inteligibles y, en último término, el propio Principio. Sin él, el cosmos permanece incomprensible; gracias a él, recupera su significado y su finalidad.
Para saber más
- Platón, Timeo;
- Platón, República, VI–VII;
- Plotino, Enéadas;
- Proclo, Elementos de teología;
- San Dionisio Areopagita, Los nombres divinos;
- Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, qq. 44–47;
- René Guénon, Los estados múltiples del ser;
- Jean Borella, La crisis del simbolismo religioso;
- Jean Borella, Simbolismo y Realidad;
- Bruno Bérard, Métaphysique du paradoxe;
- Bruno Bérard, ¿Qué es la metafísica? (trad. esp. de Métaphysique pour tous, Paris, L’Harmattan, 2021; trad. angl. Metaphysics for Everyone; trad. it. Sui sentieri della metafisica; trad. all. Was ist Metaphysik? Zwischen Ambition und Wirklichkeit).
Nota terminológica: el término metacosmos es mucho menos frecuente en la historia de la filosofía que macrocosmos o microcosmos. Sin embargo, resulta útil para designar, en un contexto metafísico, el orden supracósmico de los principios, los inteligibles o las realidades divinas, especialmente en ciertos autores contemporáneos como Jean Borella y en las interpretaciones tradicionales del simbolismo cósmico.