El término cientificismo designa la doctrina según la cual la ciencia experimental constituiría la única forma válida de conocimiento y el método científico la única vía legítima de acceso a la verdad. Más que una confianza en las ciencias, el cientificismo es una posición filosófica que tiende a extender indebidamente los métodos y los resultados de las ciencias positivas al conjunto de la realidad. Afirma implícita o explícitamente que solo las realidades susceptibles de ser observadas, medidas o verificadas experimentalmente poseen un auténtico valor cognoscitivo.

En particular

El cientificismo no debe confundirse con la ciencia misma. La ciencia es un modo de conocimiento basado en la observación, la experimentación, la formulación de hipótesis y su verificación. El cientificismo, por el contrario, constituye una interpretación filosófica de la ciencia y de su alcance. No pertenece al método científico, sino a una teoría acerca de la naturaleza y los límites del conocimiento.

Esta actitud apareció en su forma moderna durante el siglo XIX, en un contexto marcado por los espectaculares éxitos de las ciencias físicas, químicas y biológicas. Pensadores como Auguste Comte sostuvieron que la humanidad había entrado en una « edad positiva » en la que las explicaciones religiosas y metafísicas debían ceder el paso a las explicaciones científicas. El conocimiento verdadero quedaría así limitado al estudio de los fenómenos observables y de las leyes que los gobiernan.

En sus formulaciones más radicales, el cientificismo afirma que toda cuestión auténtica debería poder recibir una respuesta científica. La metafísica, la teología, la ética y la estética son entonces consideradas carentes de verdadero contenido cognoscitivo o reducidas a simples construcciones subjetivas.

Esta pretensión ha suscitado numerosas críticas. Desde un punto de vista lógico, la afirmación de que « solo la ciencia produce conocimientos verdaderos » no puede ser demostrada científicamente. Se trata de una proposición filosófica que escapa precisamente a los criterios que pretende imponer. Diversos filósofos han señalado, por ello, el carácter autorreferencialmente problemático del cientificismo.

Además, las propias ciencias descansan sobre presupuestos que no derivan directamente del método científico: la existencia de un mundo exterior, la inteligibilidad de la naturaleza, la validez de los principios lógicos o la confianza en la capacidad de la mente humana para conocer la realidad. Estos fundamentos pertenecen a la epistemología y a la filosofía más que a la ciencia experimental.

La crítica del cientificismo no cuestiona, por tanto, el valor de las ciencias. Por el contrario, consiste en reconocer su legitimidad dentro de su ámbito propio, rechazando al mismo tiempo atribuirles una competencia universal. Las ciencias explican eficazmente los fenómenos naturales; sin embargo, no pueden responder por sí solas a las cuestiones relativas al sentido último de la existencia, a la naturaleza de la verdad, al valor moral o al fundamento del ser.

En la perspectiva metafísica clásica, la ciencia estudia las realidades bajo el aspecto de sus manifestaciones observables, mientras que la metafísica se interroga por los primeros principios que hacen posibles esas realidades. Ambos enfoques no son, por tanto, competidores, sino complementarios. La confusión de sus respectivos dominios constituye precisamente una de las características esenciales del cientificismo.

La cuestión del cientificismo se ha renovado hoy con el desarrollo de las neurociencias, la inteligencia artificial, la genética y las tecnologías digitales. Los éxitos de estas disciplinas conducen a veces a pensar que todas las dimensiones de la experiencia humana podrán explicarse mediante mecanismos físico-químicos o computacionales. Sin embargo, sigue abierto el debate acerca de la posibilidad de reducir por completo la conciencia, la libertad, el significado o el pensamiento a tales procesos.

Desde una perspectiva cultural más amplia, el cientificismo funciona con frecuencia como una auténtica cosmovisión sustitutiva. Pretende ofrecer no solo explicaciones de los fenómenos, sino también una interpretación global de la realidad, del hombre y del conocimiento. En este sentido, sobrepasa a menudo los límites de la ciencia y entra en el ámbito de la filosofía, aun cuando se presente como una actitud puramente científica.

El cientificismo aparece así como una posición filosófica que absolutiza la ciencia atribuyéndole un alcance que la propia ciencia no reclama necesariamente para sí. Constituye menos una consecuencia de la ciencia que una interpretación particular de su significado, de su autoridad y de su estatuto.

Para saber más

  • Auguste Comte, Curso de filosofía positiva (Cours de philosophie positive);
  • Karl Popper, La lógica de la investigación científica;
  • Thomas Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas;
  • Michael Polanyi, Personal Knowledge;
  • Wolfgang Smith, Cosmos and Transcendence;
  • Wolfgang Smith, The Quantum Enigma;
  • Jean Borella, La crisis del simbolismo religioso;
  • Bruno Bérard, Metafísica de la paradoja (Métaphysique du paradoxe);
  • Bruno Bérard, ¿Qué es la metafísica? (trad. esp. de Métaphysique pour tous, Paris, L’Harmattan, 2021; trad. ingl. Metaphysics for Everyone; trad. it. Sui sentieri della metafisica; trad. al. Was ist Metaphysik? Zwischen Ambition und Wirklichkeit).

Nota: El cientificismo no consiste en practicar la ciencia ni siquiera en admirar sus logros, sino en transformar un método particular de conocimiento en el criterio exclusivo de toda verdad. En este sentido, constituye menos una teoría científica que una filosofía implícita de la realidad. La tradición metafísica le reprocha principalmente confundir las condiciones del conocimiento científico con las condiciones de todo conocimiento posible, reduciendo así el horizonte de la inteligencia humana a aquello que es medible, cuantificable y experimentalmente accesible.