Un accidente es aquello que es apto para existir en otro como en un sujeto de inherencia (cui competit esse in alio tanquam in subjecto inhaesionis). A diferencia de la sustancia, que existe en sí misma, el accidente no posee una existencia autónoma: existe en una sustancia de la que determina o modifica ciertas modalidades sin constituir su esencia.
En particular
La distinción entre sustancia y accidente es una de las más fundamentales de la metafísica clásica. La sustancia es aquello que existe en sí; el accidente es aquello que existe en otro. Así, el color de un objeto, su tamaño, su forma, su temperatura, su posición o algunas de sus disposiciones son accidentes: existen realmente, pero únicamente como determinaciones de una sustancia que les sirve de sujeto.
El accidente no es necesariamente algo secundario o insignificante. Es aquello por lo que una sustancia se manifiesta bajo una modalidad determinada. Dos seres pueden compartir la misma naturaleza esencial y, sin embargo, diferir accidentalmente. Un hombre puede ser alto o bajo, joven o anciano, sabio o ignorante: tales características modifican su estado sin modificar su humanidad misma.
Aristóteles distingue diversas categorías de accidentes: cantidad, cualidad, relación, lugar, tiempo, posición, posesión, acción y pasión. Esta clasificación pretende describir las distintas maneras en que una sustancia puede estar determinada sin dejar de ser lo que es. El accidente pertenece así al orden del devenir y de la diversidad de las manifestaciones, mientras que la sustancia remite a la permanencia del ser.
En la filosofía escolástica, los accidentes son realidades verdaderas, aunque dependientes. No son simples construcciones mentales: poseen una cierta realidad, aunque no pueden existir separadamente de su sujeto. Esta dependencia ontológica explica por qué un cambio accidental no implica necesariamente un cambio sustancial. Cuando un árbol crece o pierde sus hojas, sigue siendo el mismo árbol; cuando una persona aprende una lengua o cambia de vestimenta, sigue siendo la misma persona.
La distinción entre sustancia y accidente desempeña también un papel fundamental en la teología. En la doctrina eucarística, por ejemplo, la transubstanciación designa el cambio de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, mientras que los accidentes —apariencia, sabor, color, peso y demás cualidades sensibles— permanecen inalterados. Esta doctrina presupone precisamente la posibilidad de distinguir metafísicamente entre lo que una cosa es y la manera en que aparece.
Más ampliamente, la noción de accidente recuerda que la apariencia visible de un ser no agota su realidad profunda. Las determinaciones accidentales son reales, pero remiten a una realidad más fundamental de la que dependen. La metafísica busca así trascender el orden de los accidentes para alcanzar la sustancia y, más allá de las sustancias particulares, los principios universales del ser.
Para saber más
- Aristóteles, Categorías;
- Aristóteles, Metafísica, libros VII–VIII;
- Boecio, De Trinitate;
- Tomás de Aquino, De ente et essentia (Del ente y la esencia);
- Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, qq. 3–11;
- Étienne Gilson, El ser y la esencia;
- Jean Borella, Metafísica de las paradojas (Métaphysique des paradoxes);
- Bruno Bérard, ¿Qué es la metafísica? (trad. esp. de Métaphysique pour tous, Paris, L’Harmattan, 2021).